Una batalla tras otra
Acaba de fallecer el fin de semana Alan Riding, uno de los mejores corresponsales extranjeros en México, condecorado con el Águila Azteca y autor de un libro seminal sobre la relación entre México y Estados Unidos. “Vecinos Distantes”, escrito en 1984 y publicado al año siguiente, apareció en un momento de profunda fractura entre ambas naciones. Reflejaba, en plena Guerra Fría, una relación bilateral chata y atrapada en una lógica de recelos mutuos: Washington y Ciudad de México chocaban frontalmente en torno a Centroamérica; el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena -que envenenaría la relación y las lecturas y percepciones sobre el gobierno mexicano- no ocurriría hasta 1985, si bien sus causas estructurales ya estaban presentes; y la transformación profunda y tectónica que traería la negociación del TLCAN tan solo seis años después era todavía inimaginable. Riding, por ende, escribía desde el fondo del pozo. Pero hubo un momento -largo, esperanzador- en que pareció posible, a pesar de la asimetría real de poder entre ambas naciones, dejar atrás ese mundo que describía en su libro. Hoy parece que no solo volvimos a caer a galope tendido en ese pozo, sino que estamos empecinados en seguir cavando.
No cabe la menor duda que estamos enfrascados en el peor momento de la relación bilateral en tiempos modernos. Es una crisis amplia y estructural, que abarca el abanico completo de una de las agendas diplomáticas bilaterales más complejas, amplias y profundas que hay en el mundo. Y es producto de una proverbial tormenta perfecta: la determinación de Donald Trump de usar la interdependencia como arma y presionar con todo en el frente de lucha contra el narcotráfico; el legado de Andrés Manuel López Obrador al haber torpedeado la colaboración en materia de seguridad y cooperación antinarcóticos con EE.UU; y el nudo gordiano que ciñe a la política con el crimen organizado en México y que hasta el momento Claudia Sheinbaum no parece estar dispuesta a cortar de tajo. Como se ha vuelto costumbre desde hace ya siete años, la llamada “4T” prefiere -enrollándose en la bandera- atacar a quienes revelan, evidencian y demuestran hechos y datos duros, antes que abordar, confrontar y atender esos hechos y datos duros en sí mismos. Y no hay peor forma de ejercer la diplomacia que confundir la dignidad con la fetichización del nacionalismo y de la soberanía, más aún cuando es precisamente el legado de un gran número de las políticas públicas del lopezobradorismo las que le abren al país vulnerabilidades y flancos de presión -bilaterales y en foros multilaterales- en el extranjero, particularmente ante EE.UU y sobre todo con esta administración en turno en Washington. Eso no es política exterior; es politiquería interna disfrazada de........
