China, el gran ganador
En los últimos días hemos visto desde cómo se califica, cuestiona, imita y desprecia la investidura presidencial frente al hombre que le cedió el cargo, Joe Biden, hasta cómo, en cuestión de horas, se pasa a una narrativa instalada en escenarios extremos. Desde insinuaciones geopolíticas, como un hipotético bloqueo del estrecho de Ormuz –uno de los puntos críticos del comercio energético global–, hasta críticas al ejercicio del papado de León XIV. Todo esto, sumado a la escenificación hecha con inteligencia artificial de Donald Trump representando ser un salvador mesiánico que pretende curar, redimir y salvar al mundo.
Todo ocurre bajo una misma estrategia de comunicación, una misma lógica de hiperaceleración política y mediática, que no busca coherencia, sino impacto. Una política y una forma de gobernar que se ha convertido en todo un espectáculo, diseñadas para sorprender, tensionar y mantener en vilo a su audiencia. Es como si, día a día, Donald Trump nos ofreciera una especie de capítulo –al puro estilo de su reality show, The Apprentice– y nos dejara lo suficientemente intrigados como para volver a sintonizarlo al siguiente día. Y, sin embargo, ese mismo efecto genera una preocupación legítima sobre hasta dónde puede escalar esta forma de ejercer el poder.
El problema de fondo es que esta forma de actuar parece responder más a una lógica narrativa que a una lógica de Estado. Como en su etapa en The Apprentice, la expectativa parece ser que cada episodio sustituya al anterior, que el siguiente ciclo de atención borre los costos del actual y que, en ese proceso, se reconstruya la popularidad. Pero el sistema internacional no funciona como un reality show. Los costos no desaparecen; se acumulan.
Si algo define a Donald Trump es su........
