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Tarde berlinesa

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08.04.2026

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En la Pariser Platz de Berlín se encuentra el monumento más emblemático de toda Alemania. Turistas de medio mundo se mueven como hormigas con teléfonos y cámaras entre sus manos. Buscan, con inútil y globalizado propósito, la fotografía más original. Aquella que los posicionará como ciudadanos del mundo en las pantallas de su triste público. Los 26 metros de altura que tiene la Puerta de Brandeburgo son simples marcos disponibles para la ejecución de diversas poses, sonrisas, besos y hasta paradas de cabeza. Los pocos berlineses que se ven apuran el paso. ¿Cómo son reconocidos? Sencillo: se tapan los rostros para evitar ser capturados por los alienados lentes de la invasión.

Es un domingo lluvioso de abril. La cuadriga que tira a la diosa romana Victoria hacia el este de la ciudad permanece encogida bajo las nubes: la postal que nadie compraría, pero seguro la más común durante la mayor parte del año. A la vera de la Puerta cuatro puntos que ni los ciegos podrían dejar de ver: el Hotel Adlon Kempinski, famoso porque un día Michael Jackson exhibió, por uno de sus balcones, no solo un bebé, sino su pedofilia. Al frente del hotel está la embajada de Francia, cuya blanca construcción parece más la fachada de un búnker que una casa diplomática, aunque, pensándolo bien, una cosa puede tener mucho que ver con la otra. Después está la Max Liebermann Haus, antigua casa del pintor impresionista devenida en museo. Para finalizar está la flamante embajada de Estados Unidos que, sin la tela de barras y estrellas (o bueno, incluso con ella a modo de metáfora paranoide), pasaría fácilmente como una prisión.

El gris de la tarde empieza a verse gobernado por un eco que proviene del Reichstag, que es el edificio........

© El Espectador