Nombrarlas a todas
Salgo temprano de casa con la esperanza —y una plegaria— de llegar a tiempo al checador del trabajo y evitar que me descuenten las horas. De pronto, el sensor avisa: la llanta delantera derecha tiene baja presión.
Tomo la gasolinera más cercana, la de la curva Morfín. Ahí, además de cargar un poco de gasolina, pido el favor de ajustar la llanta. Después de tantos años, algo me sorprende: por primera vez veo a unas ocho mujeres, uniformadas de gris y con cachucha blanca, despachando gasolina.
Una de ellas saca de su bolsa un pequeño aparato —de esos que calibran las llantas— y, con precisión, deja la presión en 33. Le doy un billete pequeño, más como gesto de agradecimiento que como pago, y retomo el camino.
Unos metros más adelante, la señora de los burritos arma su rutina diaria: levanta su carpa marca “Academy”, coloca una silla blanca y acomoda un cartón fluorescente donde, con letra manuscrita, anuncia el menú del día: chicharrón, papas con queso y huevo con jamón.
Los semáforos de la Gómez Morín, cuando vas de prisa, parecen tardarse más en cambiar de luces, como si lo hicieran a propósito para estimular la adrenalina de un día que empieza. En esa........
