Pbro. Hesiquio Trevizo, in memoriam
El pasado viernes primero de mayo se cumplieron cuatro años del fallecimiento del Pbro. Hesiquio Trevizo Bencomo, originario del pueblo de Matachí, Chihuahua. Ingresó muy joven en la Congregación de los Misioneros de la Natividad de María, en León, Guanajuato; hizo estudios de especialización teológica en Roma, logrando el grado de doctor en Teología Bíblica. Fue ordenado presbítero por el papa san Pablo VI y se incardinó en esta diócesis de Juárez, en la cual sirvió el resto de su vida.
El padre Trevizo fue en vida un genio; poseía una agudeza mental como pocos. Conocía y estaba al tanto de las corrientes teológicas y filosóficas contemporáneas, además de poseer una vasta cultura de la cual hacía gala cuando predicaba la homilía o escribía para El Diario de Juárez. Sus artículos dominicales enriquecieron nuestra sociedad juarense durante los 25 años que contribuyó en la escritura. El padre, además, era un excelente chef; quienes tuvimos la gran oportunidad de convivir con él más de cerca degustamos pastas, guisos y platillos de lo más variado. Hombre ilustre, políglota, perfecto conocedor de la lengua latina y de las lenguas bíblicas, Dios le otorgó muchos dones que siempre puso a disposición de la Iglesia. Y es que, a pesar de todas estas cualidades, el padre Trevizo fue, primero, sobre todo y ante todo, sacerdote de Cristo.
Durante el velorio de su cuerpo, tendido en la iglesia parroquial de Jesús Maestro, le tocó a este su servidor presidir la última Eucaristía antes de la misa de exequias. En esta ocasión, en homenaje y reconocimiento al querido padre Trevizo, comparto la homilía que pronuncié en tal ocasión. Así como ahora, era el tiempo de Pascua, y meditamos el texto del Evangelio de Juan que versa sobre el discurso del Pan de la Vida; en concreto, la Liturgia de la Palabra nos ofrecía el pasaje en el que Jesús comienza su discurso del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaúm (cfr. Jn 6, 24-35).
Queridos hermanos, hemos estado escuchando en la liturgia diaria de estos días el capítulo sexto del Evangelio de san Juan, que abre precisamente con un milagro: el de la multiplicación de los cinco panes y dos pescados. En el Evangelio de san Juan, los milagros reciben el nombre de “signos”. El signo siempre nos remite a un significado, a algo distinto que, de cierta forma, hace presente. Los milagros, para san Juan, son signos porque nos están tratando de mostrar algo importante: Jesucristo es el enviado de Dios, es el Mesías, en quien nosotros vamos a........
