Chihuahua, el desierto que el centro no entiende
Hay algo que los partidos nacionales —todos— tienden a subestimar cuando operan en Chihuahua: que este estado tiene una identidad propia, construida durante siglos, que no se activa ni se mueve por consigna, sino con jornadas laborales.
Mientras en otras regiones la política se vive como espectáculo, en esta tierra suele verse como una interrupción. Quizá por eso la movilización realizada por Morena en Chihuahua dejó una sensación extraña, casi fría. Más allá de filias o fobias partidistas, la imagen general fue la de un evento que nunca terminó de conectar emocionalmente con la gente: una marcha que avanzó, sí, pero sin ese pulso social que vuelve memorables ciertas causas.
Y tal vez la explicación no está únicamente en el partido. Tal vez está en Chihuahua mismo.
Porque este estado tiene una personalidad difícil de seducir políticamente. Aquí la gente creció aprendiendo que nada llega fácil. El clima no ayuda. La tierra no regala demasiado. El desierto obliga a desarrollar carácter o desaparecer. Y esa lógica terminó moldeando también la identidad colectiva.
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