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La matraca del feminismo

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08.03.2026

Algunos pensarán que, con la que está cayendo, resulta secundario –si no impertinente, innecesario o inútil– hablar de feminismo. Incluso en círculos en los que ... el feminismo ha sido bienvenido en los últimos años y se ha aceptado como una forma de interpretación imprescindible para entender el mundo en el que vivimos, hablar hoy de estructuras patriarcales e interpretación de género resulta a veces incómodo.

Hace poco, en una conversación sobre el auge del discurso militarista que rige el orden mundial, comenté que es imposible entender la reinstauración de este imaginario viril fuera de la reacción global al éxito que los movimientos feministas tuvieron entre 2016 y 2019. La respuesta a mi comentario fue silencio y cambio de tema. Si este ninguneo hubiera sido un hecho aislado pensaría que igual en ese momento no me expresé bien, pero tengo la sensación de que el movimiento que algunas celebramos hoy, 8 de Marzo, Día de la mujer, ha sido relegado a un segundo plano. Y esto es un éxito de la ultraderecha, sus aliados y sus aliadas.

A partir de las multitudinarias manifestaciones de 2016, las feministas desplegamos una capacidad de movilización y protesta que sorprendió a quienes querían –y quieren– conservar los privilegios adquiridos por siglos de patriarcado. Estas protestas se vieron pronto acompañadas de la visibilización y la denuncia a nivel global del abuso al que miles de mujeres se habían visto sometidas en el ámbito profesional: el tsunami del Me Too. Las mujeres estábamos perdiendo el miedo a señalar y empezábamos a exigir que se llamara a las cosas por su nombre: porque hay situaciones en las que a lo que algunos llaman 'flirteo' nosotras llamamos 'acoso'; a lo que algunos llaman 'echar un polvo', nosotras llamamos 'violación'; a lo que algunos llaman 'magreo', nosotras llamamos 'violencia sexual'; a lo que algunos llaman 'sí', nosotras llamamos 'no'.

La respuesta de la ultraderecha y las medidas cuando ha tocado poder han sido organizadas y agresivas

De estas movilizaciones y este impulso radical para cambiar la perspectiva de nuestras sociedades nacía un nuevo lenguaje para las relaciones afectivas en las que el consentimiento y el respeto formaban un núcleo fundamental. La reivindicación iba más allá de los derechos legales adquiridos que se consideraban básicos en las sociedades occidentales, como los derechos reproductivos, porque pensábamos que, aunque había que seguir defendiéndolos, podíamos ser más ambiciosas con nuestros sueños de transformación. Por eso nuestra reivindicación quería ir más allá: buscaba una evolución profunda que afectara a las formas de relación socio-afectiva y a todas la instituciones sobre las que se asientan nuestras sociedades: educación, justicia, poder político y económico, sistema de salud y bienestar, cultura.

Pretendíamos que la igualdad se asentara de manera permanente en la educación de niñas y niños, construir las bases para un futuro cercano, lo más cercano posible, sin violencias machistas ni discriminación real. Este impulso se veía acompañado del apoyo institucional de un Gobierno progresista que, desde el principio, se tomó muy en serio la paridad y la creación de los mecanismos para impulsar el cambio que buena parte de la sociedad estaba reclamando.

Qué extraña coincidencia que la ultraderecha irrumpiera en ese momento defendiendo 'valores' como la familia heterosexual como base de la sociedad, el nativismo, la reproducción y la maternidad como destino y obligación de la mujer. Y que añadiera a estos valores suyos la negación mentirosa de la violencia machista, la desigualdad en los salarios, la falta de representatividad, la educación sesgada... Qué extraña coincidencia, también, que el feminismo comenzara a resquebrajarse porque a algunas le dio por forzar debates absurdos, como las que pusieron el grito en el cielo por que una ley permitiría a las mujeres transexuales entrar en nuestros baños públicos o competir en deportes. Cuando esa ley solo pretendía proteger a un colectivo vulnerable y minoritario. Qué caballo de Troya tan oportuno y qué poco sorprende ver la deriva hacia la ultraderecha de algunas de esas señoras. Por no hablar de otros que falsean la realidad y los datos sobre denuncias falsas y cacarean sus mentiras en programas de televisión.

Mientras escribo estas líneas ya han sido asesinadas por sus parejas o exparejas diez mujeres en España este año; también han sido asesinados una niña y un niño por sus padres en actos de violencia vicaria. La violencia que resulta en muerte es la más visible pero va acompañada de otros tipos de violencia contra las mujeres. No son casos aislados, no son monstruos que se vuelven locos y deciden matar. Los asesinos son parte de un sistema que potencia la visión de la mujer como objeto de pertenencia, inferior y subordinada.

La respuesta contra el feminismo y las medidas que ha tomando la ultraderecha cuando ha tocado poder han sido organizadas y agresivas. Mejor dicho: ha sido una respuesta contra las mujeres. Quienes critican la 'ideología de género', el 'feminismo supremacista' y atacan las leyes de igualdad y contra la violencia machista pretenden imponer no ya su visión del mundo, sino un sistema que anulará nuestros derechos. Vox está, literalmente, en contra de la igualdad y el PP ha comprado su propuesta. Por ejemplo, en el pacto entre el PP y Vox para constituir el ayuntamiento de Gijón propusieron una «nueva redacción de la ordenanza de igualdad en la que se eliminen aquellos aspectos que supongan igualdad entre personas». No me lo invento, está escrito. En todos sus ayuntamientos han suprimido las concejalías de Igualdad. También la violencia machista deja de existir en las negociaciones de los pactos del PP con Vox y se diluye en un tótum revolútum. No es cuestión de lenguaje sino una renuncia al reconocimiento de que existe una violencia sistémica contra las mujeres por el hecho de serlo. En estos pactos anuncian la defensa de la familia «como la primera red de apoyo, de cuidados y de transmisión de valores» y sitúan «la natalidad en el centro de la agenda política». Ya sabemos qué función tiene la mujer en ese mundo suyo que huele a rancio.

El feminismo defiende la libertad de la mujer, para ser madre o no serlo, para trabajar en casa o en una oficina (siempre remunerada, eso sí), para ir a misa o ser atea, para estudiar una carrera superior o dedicarse al macramé. El feminismo, si es feminismo, defiende crear una sociedad y un entramando institucional que hagan posible la vida de la mujer con dignidad, libertad y sin violencia. Ni más ni menos.

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