Pedro el Conquistador
Pedro Sánchez, entre la presidenta del PSOE, Cristina Narbona, y la secretaria de Organización, Rebeca Torró, en la Ejecutiva Federal de este lunes. / Daniel Gonzalez / EFE
Si afirmo, hablando de unas palabras de Pedro Sánchez, que el ignorante no nace, sino que se hace, alguien podría deducir, si piensa mal, que me estoy refiriendo de manera elíptica al presidente español. Si es el propio presidente quien en una cumbre internacional, celebrada en España, suelta una pomposa sentencia como «la democracia no se hereda, se conquista cada día», se podría pensar, también mal, que está dejando al Rey y a nuestra Transición a la altura del betún.
Pero no seamos mal pensados. Si Franco pudo mantener su dictadura, a punta de bayoneta, cuatro largas décadas fue porque Pedro Sánchez nació en 1972, demasiado tarde para conquistar la democracia con sus propias manos. De hecho, fue nacer él y morirse al poco tiempo el dictador. Las coincidencias no existen. Sus palabras, en cambio, sí. Por eso ya sabemos que al no haber conquistado la democracia que disfrutamos con una sublevación popular, hemos heredado un simulacro de libertades. Una media democracia. Un churro.
Algunos historiadores sostienen que la dictadura acabó porque no tenía más remedio. Que desde el ‘Contubernio de Múnich’ de 1962 los democristianos estaban forzando una apertura política. Y que los movimientos sindicales, que se jugaron los bigotes y la cárcel, estaban agrietando el régimen frente al mundo. Pero la realidad es que los tribunales militares estuvieron dictando sentencias de muerte y el dictador firmándolas hasta el último minuto. La verdad, irrebatible, es que el heredero elegido por Franco le traicionó a él para ser leal a los españoles. Y que nos llevó, de la mano de unas elecciones democráticas y una Constitución, a las libertades que hoy disfrutamos. Es la jodida verdad.
Sánchez decía hace nada que la democracia estaba en peligro. Que venía la ultraderecha feroz y que él era la única alternativa. Ahora ha soltado que el tiempo de la ultraderecha ha pasado. Pero si Orbán, Abascal, Trump, Meloni o Alice Weidel ya están vencidos en las urnas, ¿qué hace el caudillo de la gran alianza antifascista reuniendo a los progresistas sudamericanos?
La movilización global –en inglés, que queda más cuqui– de líderes de izquierda que se convocó en Barcelona quiere recuperar la socialdemocracia y la moderación. Tendrán que olvidar que han apoyado y legitimado una feroz dictadura militar que ha aplastado las libertades y la prosperidad del pueblo cubano. O que aplaudieron la revolución de Chávez que luego se convirtió en dictadura y que se tragaron el sapo del pucherazo electoral de Maduro para seguir en el poder.
Pero qué más da la coherencia. Pedro Sánchez, que acaba de llegar de su feliz viaje a China –un país democrático donde los haya–, ha llamado al PP la «derecha lacaya» de la ultraderecha de Vox. Así califica los últimos pactos firmados para gobernar en las autonomías donde las urnas solo han dejado esa alternativa. Sin embargo, llama «geometría variable» o «aritmética parlamentaria» a sus propios acuerdos con partidos que pretenden abiertamente la liquidación del Estado español, como potencia invasora de sus pueblos.
El peligro de las democracias, conquistadas o heredadas, no es la derecha o la izquierda. Es la autocracia. La demagogia. El ansia de poder. La estupidez. Lo de siempre.
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