Los problemas del Menceyato
Fernando Clavijo, en su última intervención en el Debate sobre el estado de la nacionalidad canaria. / Arturo Jiménez
Setenta señoras y señoros diputados se reunieron esta semana para discutir cómo está Canarias. Como la junta de la comunidad de vecinos solo que, en su caso, cobrando. Y la primera conclusión que uno saca es que los problemas de estas islas se acabarán el día en que todos gobiernen juntos. Porque para los que gobiernan todo va bien, pero para los que están en el paro, digo en la oposición, todo va mal.
El Menceyato canario vive dos realidades distintas. Por un lado todo va bien. Crece el empleo a cifras históricas, baja el paro, crece la renta media de las familias y retrocede -sin irse del todo- la pobreza. Pero por el otro lado, mucha gente no llega a fin de mes. ¿Cómo puede ser eso? El rojerío sostiene que es porque la riqueza está mal distribuida. O sea, que el que trabaja veinte horas cobra más que el que curra media jornada; el ingeniero gana más que el peón de albañil; las empresas ganan más que los trabajadores y un diputado cobra -por no hablar- más que un locutor de Radio Macuto. Cosas injustas, por supuesto, pero que ocurren en todos sitios.
La realidad es que el problema no es el salario, sino lo que puedes comprar con él. Con mil euros al mes en Cuba eres como Elon Musk, pero en Canarias no puedes pagar el alquiler. La cesta de la compra la llenas con tres latas de sardinas y un bote de aceitunas, si es pequeño. Y en vez de gasolina le tienes que echar al coche Chanel 5. El problema, amigos de Barrio Sésamo, son los precios. La inflación nos ha hecho infinitamente más pobres y ha servido para engordar la recaudación de impuestos, que ha batido récords. La primera hostia nos la dieron en Europa, emitiendo dos billones y medio de nueva moneda para arreglar el descosido de encerrar a todo el mundo en sus casas y paralizar la producción. La segunda nos la dio la guerra de Ucrania. Y la tercera, que está viniendo, nos la va a dar el alza del precio de los combustibles, por la guerra de Irán, que va a disparar los precios del transporte y de las importaciones de bienes de consumo hacia las Islas.
Las setenta lumbreras que se reunieron en el Parlamento Macarronésico saben que Canarias vive, fundamentalmente, de dos cosas: el turismo y la industria extractiva. Con el primero facturamos veintipico mil millones al año. Con la segunda extraemos fondos del Estado español y de Europa; unos ocho mil millones al año, grosso modo. El turismo va bien, aunque el incremento del precio de los viajes y la inestabilidad política mundial igual nos dan un meneo. La industria extractiva, o sea, lo de ordeñar, pinta peor. Europa está invirtiendo en cañones en vez de en mantequilla. Y en Madrid, los catalanes y los vascos, que son los que mandan, están dibujando un nuevo sistema de reparto del dinero de todos que nos va a dejar mirando para Cuenca.
Ante esas amenazas, el presidente del Menceyato, Fernando Clavijo, ha pedido a los políticos canarios que hagan piña en favor de las islas. Pero pasó por alto una brillante sugerencia. El portavoz de Vox propuso que, ahora que a Irán le va a sobrar uranio, montemos dos centrales nucleares en Tenerife y Gran Canaria para asegurarnos, in secula seculorum, que los langostinos estén tan congelados como las neuronas de la ultraderecha. ¡Cómo estará el Parlamento que nadie se descojonó de la idea!
Suscríbete para seguir leyendo
