La del pulpo
Los barrancos de La Laguna vuelven a correr por las lluvias de Therese. / Alberto Valdés / EFE
Siempre hay alguien posado en las ramas más altas, esperando un traspiés, una desgracia y, si es posible, un funeral, para hacer caldo político. Pero ayer los depredadores se quedaron con las ganas. Lamentablemente aquí en Canarias no había nadie en El Ventorro. Guarden los puñales en sus fundas de tinta y a envainársela hasta que haya mejor suerte.
A Gran Canaria se le abrieron los cielos en una brutal catarata de la que nadie tenía aviso previo. Las familias, cabreadas, se preguntaban por qué no se habían suspendido las clases. La respuesta es que el lunes por la noche se había dado solo una alerta amarilla en Gran Canaria. Pero ayer martes cayó la del pulpo. Y durante toda la mañana, mientras los servicios de emergencia atendían las llamadas más urgentes y evaluaban las situaciones de peligro, se estuvo planteando qué hacer con los niños en los colegios. Primero se decidió que los padres les fueran recogiendo escalonadamente, pero sobre la marcha se estableció –creo que con mucho sentido común– que en donde más seguros estaban los pibes era en los colegios. Y que la situación podría mejorar hacia el final de la jornada lectiva.
Por un lado hacemos chistes sobre la reiterada falibilidad de los meteorólogos, a los que acusamos de no dar ni una. «Mañana suspenden las clases, prepara el bañador que va a hacer un día de verano y nos vamos a la playa». Pero luego, cuando ocurre algo como lo sucedido ayer, clamamos indignados por que nadie haya tomado medidas.
Las Islas Canarias ocupan un territorio muy extenso. Desde El Hierro a Lanzarote hay más de seiscientos kilómetros. Calcular con exactitud el tiempo que va a hacer en cada una de las islas no debe ser una tarea fácil, especialmente teniendo en cuenta la cantidad de microclimas que existen en cada uno de los territorios insulares. La Aemet ha ido mejorando y afinando sus predicciones, aunque siga existiendo un margen de incertidumbre, mayor cuanto menor sea el ámbito de la predicción. Pero no se le pueden pedir peras al olmo. A veces se teme que pase lo peor y al final no pasa, bien porque una tormenta acaba descargando sobre el mar interior canario, bien porque se desvía. Y cada vez que se toma una decisión destinada a evitar riesgos a la población no se comete ningún error. Aunque luego no pase nada. Es siempre mejor prevenir que lamentar.
A las nueve de la noche de ayer sonaron los teléfonos en Tenerife con un mensaje de ES-Alert avisando de que iba a caer la del pulpo. Y cayó especialmente en el Norte de la Isla. La gente supo con tiempo suficiente que no debía hacer desplazamientos innecesarios y que se aproximaba un diluvio. Mereció la pena el susto y que alguno pensara que ya había llegado el volcán.
La lluvia es una bendición para el campo y solo los urbanitas la ven como una molestia o un peligro. Aunque lo puede ser. En estas islas, de toda la vida, han descargado tormentas terribles como la de mediados del XIX que causó trescientos muertos. O la más reciente del 31 de marzo de 2001 en Santa Cruz. Siempre habrá desastres naturales que no se vean venir. Y ante esos solo cabe reaccionar lo mejor posible. Y si la experiencia, como dicen, es un grado, en estas islas tenemos un master.
Suscríbete para seguir leyendo
