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Síndrome postdana

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19.03.2026

Una joven se protege de la lluvia con su paraguas. / Andrés Gutiérrez

Durante años, en Canarias vivimos instalados en una cómoda ficción climática. Aquí no pasaban esas cosas. Las riadas, los coches arrastrados como juguetes, los barrios anegados o los muertos por una tormenta eran imágenes que pertenecían a otros lugares, a otros mapas, a otros telediarios. Nosotros éramos, en eso también, una excepción.

Hasta que dejamos de serlo. La gota fría que nos golpeó –con su carga de agua, barro, oscuridad y miedo– no solo rompió carreteras y tendidos eléctricos. Rompió una certeza. Durante días, Tenerife experimentó una sensación olvidada: la percepción de vulnerabilidad. Sin luz, sin agua, con comunicaciones interrumpidas y con la angustia instalada en las casas. Tenerife ya había vivido esto antes. Lo que ocurre es que el paso del tiempo lo había convertido en historia.

En 1826, una tormenta devastadora arrasó el norte de Tenerife, especialmente el Valle de La Orotava. Durante años se instaló en la conciencia tinerfeña como el gran diluvio. Hubo centenares de muertos. Barrancos desbordados, tierras arrancadas, infraestructuras destruidas, una catástrofe de tal magnitud que se habló de ella como de un castigo bíblico. Hoy su recuerdo........

© El Dia