Hey Judd
Hay gente que se parece a la profesión que escoge. Gente que parece haber nacido para el rol que, con mucha sensatez, la vida les dio. Brandon Judd, de lejos y de cerca, parece lo que casi toda su vida ha sido: un guardia. O jefe de guardia, más bien. Podría haber trabajado en una discoteca, en un bar, de gendarme en una prisión, en un estadio, con la misma efectividad, pero lo hizo en la frontera de su país, Estados Unidos. Alto, calvo, nariz de ave rapaz, ojos que se concentran sin contemplación sobre su contrincante, uno lo imagina interrogando sin piedad a los inmigrantes, indocumentados o no. Uno se lo imagina mirando con sospecha los papeles que le muestran. Uno se lo imagina poniendo nervioso, con su solo silencio, al que quiere pasar el borde del mundo que quiere proteger. Uno se imagina que hace ese trabajo ingrato y duro con pasión, con paciencia, quizás porque es más que una profesión: es una fe, una visión de la realidad que divide el mundo en los buenos a un lado de los alambres de púa y los malos del otro.
Brandon Judd escogió una profesión que se le parece, pero Donald Trump eligió para él otra que parece estar en las antípodas de su carácter, experiencia o forma de comprender el mundo. Brusco, equívoco o directamente equivocado, nada sutil, ni gentil, ni estratégico, se podría enseñar en las escuelas de diplomacia todo lo que un embajador no tiene que hacer usando estos meses que lleva en Chile. En menos de diez meses ha opinado sobre el estallido social de 2019, la Visa Waiver, los aranceles, el cable........
