El corazón y la izquierda
Mi corazón está a la izquierda. Siempre lo ha estado. He votado toda mi vida por alguna de sus variantes. Mi manera de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la propia izquierda: de Camus a Orwell, de la justicia social a la sospecha permanente frente al poder. Y sin embargo, descubro que lo que hoy me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente eso: el corazón.
Hay en parte de la izquierda contemporánea un reflejo automático, casi pavloviano: atacar todo lo que venga del enemigo y celebrar cualquier cosa que provenga del amigo. Un dualismo infantil que reduce la política a una pelea de barras bravas. No es una caricatura reciente. Es una doctrina conocida, formulada con rigor por Carl Schmitt, jurista brillante y nazi confeso: la política entendida como la distinción absoluta entre amigo y enemigo. Moralmente empobrecedora. Estratégicamente desastrosa.
Porque si dejamos la defensa de la democracia y los derechos humanos en manos de Trump o Rubio, después no tenemos mucho derecho a quejarnos. Sus credenciales democráticas son........





















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