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La montaña

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saturday

11 de abril 2026 - 03:07

La montaña insiste en repetirnos una verdad que no es inmediata, sino que se va revelando paso a paso, cuando el aire escasea y el cuerpo comienza a negociar con rendirse. Subir no es un gesto heroico; es más bien una acumulación de pequeñas decisiones y renuncias: al ritmo fácil, a la certeza, a la falsa ilusión de control absoluto.

Desde abajo, la cima se percibe lejana, como si perteneciera a otra dimensión de lo posible. Quien ha ascendido es consciente de la importancia del esfuerzo sostenido, de esa disciplina íntima que no admite testigos y que cada uno mide en silencio consigo mismo. La montaña no solo no premia la prisa: la castiga. Exige pausa, exige temple. Y en ese pulso se forja algo que rara vez se nombra: la capacidad de seguir incluso cuando el sentido se pierde.

El mito de Sísifo, tantas veces leído como condena, encierra quizá una clave más profunda. No se trata de la inutilidad del esfuerzo, sino de su inevitabilidad. La roca siempre cae, sí, pero también siempre existe la posibilidad de volver a empujarla. Y en ese gesto repetido, casi obstinado, se cifra lo esencial: elegir continuar.

Al alcanzar la cima no hay una recompensa proporcional al desgaste, sino lo que aparece es una perspectiva distinta. Todo adquiere una nueva forma, una nueva visión, una nueva dimensión: los caminos, los desvíos, las pistas resignifican los recorridos. Permiten comprender que cada tramo, incluso el más arduo y vertiginoso, era necesario para llegar a ese punto de claridad.

En el trayecto también se aprende a habitar la duda. Hay momentos en los que el camino se desdibuja y la referencia se pierde. Es en esa incertidumbre donde se revela una forma más honesta de persistencia: la que se sostiene en la voluntad de no detenerse.

Así, la montaña deja de ser únicamente un destino para convertirse en un espacio de escucha. Cada paso construye un diálogo silencioso entre quien asciende y aquello que resiste. No hay dominio posible, solo una relación que se afina con el tiempo y que enseña a reconocer los propios límites sin dejar de avanzar.

Tal vez vivir consista en aceptar que siempre habrá otra montaña esperando a ser subida, que no hay descanso definitivo ni cima absoluta, pero también que en cada ascenso se afina la mirada, se fortalece el pulso y se aprende, casi sin darse cuenta, a habitar el esfuerzo como una victoria silenciosa.

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