Miras cortas
06 de abril 2026 - 03:07
Mi amigo Tuto, que conoce estas páginas perfectamente, me mandó, como suele, su artículo de fin de semana (con ese gusto suyo tan característico de contar corto y contarlo bien) y hacía un balance de estos días en la ciudad. Su cuenta es positiva: la gente disfrutando en la calle, unos con su fe, otros con su ocio, algunos con los dos; buen tiempo, que parece que no nos acordábamos ya de unos días tan buenos, tan de primavera agradable, con su sol y con su fresco; las procesiones todas estupendas, contentas las cofradías, contentos los fieles conscientes y los curiosos ocasionales… La mía lo es también. No puedo decir que me haya roto a salir y ver, porque mezclo y tiemplo, pero algo he salido y algo he visto, aquí y en otros sitios, y en todos creo que hay un elemento común: un disfrute tranquilo. Está muy bien. Como sé que parte de culpa tiene el trabajo de mi amigo para que haya estado así, le di la enhorabuena. Merecida.
Por eso me fastidia endemoniarme, pero desde hace años lo hago porque una estupidez cutre toma calles. A ver si este año me hago entender mejor: por favor, dejen, señoras y señores de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, de tapiar las calles; dejen, señoras y señores capitulares, de consentirlo. Por mucho negocio que sea, por muy señorial que digan que resulte (de señoritos, quizá, pero lo señorial es más generoso), nada justifica impedir la visión de los pasos en la carrera oficial en el entorno monumental de la ciudad de todos. Ni tres agrupaciones ni siete ayuntamientos, juntos y revueltos, son quien para limitar que yo vea, que lo haga usted, que lo haga el turista perplejo, el cofrade devoto o cualquiera que pase, porque quiera, por allí. Admito que haya sillas y que se alquilen, que haya palco de autoridades (que estorba poco y, en estos días, a Dios gracias, sirve menos), que haya en definitiva comodidad de pago –no lo reprocho–, pero, salvo que los respaldos de las sillas tengan tres metros de altura, quien se sienta allí, que con su dinero lo paga y no me cierro, paga justo por eso, pero no para que yo no lo vea de pie, detrás, en mi calle. Eso se lo regala la Agrupación porque me lo quita a mí, que no le doy permiso.
Vallar las calles no engrandece la Semana Santa. Las vallas altas demuestran que la Agrupación de Hermandades y Cofradías ve poco y no está a su altura.
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