La nueva gira de Rosalía: entre el sol y la sombra
Rosalía comenzó este lunes la gira de su cuarto disco, el místico 'Lux', en Lyon (Francia). / Getty Images/Gareth Cattermole / EFE
Cuenta una anécdota repetida en la historia del diseño moderno que el arquitecto Marcel Breuer, una de las grandes figuras del movimiento moderno, asistió durante una estancia en Madrid a una corrida de toros en la Plaza de Toros de Las Ventas. Breuer observó cómo el sol y la sombra dividían la plaza en dos mitades vivas. Aquella frontera luminosa -tan visible como simbólica- determinaba el precio de las entradas, la posición de los espectadores y, en cierto modo, el propio ritmo de la tarde.
Para un arquitecto formado en la Bauhaus, acostumbrado a pensar el espacio con precisión casi geométrica, aquel fenómeno resultaba profundamente revelador. No era solo una cuestión meteorológica: era una dramaturgia natural. El edificio, la luz y su contraria se entrelazaban en una misma escena.
Años después, Breuer evocaría aquella impresión al reflexionar sobre la manera en que la arquitectura debe reconciliar los contrarios. En su obra Sol y sombra formuló con claridad una idea que atravesaba toda su concepción del diseño: el verdadero impacto de cualquier obra reside en su capacidad para unificar ideas contrapuestas -un punto de vista y su contrario- sin reducirlas a un simple compromiso. Añadía, además, que los españoles poseen una expresión extraordinariamente precisa para describir esa tensión: sol y sombra. Para Breuer, esa fórmula popular encerraba una intuición profunda. En ella parecía resumirse la propia condición de la vida: sus contrastes, sus tensiones, su agitación y también su belleza. Todo cabía en esa sencilla oposición luminosa.
Curiosamente, ese mismo concepto podría servir para describir uno de los fenómenos musicales más singulares del momento. Esta semana Rosalía ha inaugurado en Lyon su nueva gira internacional, titulada Lux. Y el espectáculo que ha presentado parece construido precisamente sobre esa lógica de contrastes.
Más que un concierto convencional, la propuesta recuerda a una escenografía barroca reinterpretada para el siglo XXI. En el centro de la pista, una orquesta interpretaba pasajes caprichosos mientras Rosalía, situada en un pequeño escenario semicircular, cantaba el aria Mio Cristo piange diamanti. Su voz -a la vez cristalina y ardiente- parecía moverse entre dos extremos emocionales, como si cada nota estuviera suspendida entre la frialdad y el fuego.
Frente a ella, dieciséis mil espectadores asistían a algo que bien podría describirse como un éxtasis contemporáneo. La música no avanzaba de forma lineal: se desbordaba. Las canciones aparecían a veces con suavidad casi íntima y otras irrumpían con una intensidad teatral. En los primeros minutos del concierto la artista llegó incluso a emocionarse hasta las lágrimas, para después bromear con naturalidad con el público.
Ese vaivén emocional no es un accidente. Es, en realidad, una de las claves del lenguaje artístico de Rosalía. Su música mezcla flamenco, electrónica, ritmos urbanos, arreglos orquestales y melodías pop con una libertad que recuerda a las composiciones barrocas, donde lo sagrado y lo profano convivían sin demasiadas preocupaciones teóricas. En sus canciones pueden aparecer el deseo, la espiritualidad, la ironía o la fragilidad emocional con la misma intensidad.
Desde su primer disco, Rosalía ha mostrado una ambición artística poco frecuente en el pop contemporáneo. No se conforma con producir canciones exitosas: busca crear experiencias emocionales que trasciendan el instante. Esa aspiración -convertir lo efímero en algo que permanezca en la memoria- es, en el fondo, otra herencia barroca.
Porque el Barroco siempre quiso lo mismo: que el arte fuese capaz de conmover, sorprender y dejar una huella profunda en quien lo contempla. Entre el sol y la sombra. Como en la plaza de toros que fascinó a Breuer. Como en un cuadro de Velázquez. O como en un escenario contemporáneo donde, durante unas horas, la música vuelve a convertirse en un espectáculo total.
