Cuando despertó, el teatro (y la música) ya estaba allí
Manolo Solo / El Correo
Creo que la primera vez que vi a Manolo fue en Bailongas, aquel cortometraje de Chiqui Carabante que ya nos hubiera gustado firmar a cualquier cineasta. Le acompañaba en la pantalla Julián Villagrán, la primera persona en la que pensé cuando me llegó ese mensaje de Whatsapp (después, al instante, aterrizó en mi mente Pilar) y Julián fue una de las primeras personas que abracé al llegar a su despedida en las cimas San Isidro (y de nuevo, casi al instante, también a Pilar).
Desde que vi aquel corto, y como joven director con ínfulas que fui un tiempo (y del que ya solo quedan las ínfulas), me dediqué a perseguirle de manera más o menos compulsiva para enviarle lo que podrían ser mis siguientes proyectos de cortometraje, guiones inmaduros que siempre esquivó con acierto, buen gusto y mejor educación. Ojalá siempre dijeran que no como sabía hacerlo Manolo. Pero la culpa no era solo de los textos. Manolo empezaba a despegar de esa forma que él tenía tan particular de volar, sin llamar la atención, con la voz calmada y baja, y esos ojos que ya nacieron enmarcados, como atados al fotograma. Tenía que elegir bien sus próximos trabajos y donde poner la energía. Y vaya sí lo hizo.
Manolo Solo despegó de una forma muy particular: sin llamar la atención, con la voz calmada y esos ojos que parecían haber nacido enmarcados, como atados al fotograma.
Manolo Solo despegó de una forma muy particular: sin llamar la atención, con la voz calmada y esos ojos que parecían haber nacido enmarcados, como atados al fotograma.
Sin dejar de lado el formato del cortometraje, que siempre apoyó con papeles excepcionales, Manolo ha trabajado con directores como Santi Amodeo, Alberto Rodríguez, Manuel Martín Cuenca, Guillermo del Toro, Emilio Martínez-Lázaro, Daniel Monzón, Alejandro González Iñárritu,........
