menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Ya no vas al cine a ver una película, solo el envoltorio (y yo estoy empachado)

10 0
19.02.2026

Algo que odiaba de pequeño: “Lo que no te comas ahora lo cenarás más tarde”. El recuerdo de la cuchara de lentejas que acabaría, quisiera o no, en mi boca. Mismo escalofrío, ya de adulto: los estrenos de cine. Un grupo de publicistas sostiene la cuchara y me hace tragar, durante agotadores meses de promoción, píldoras y entrevistas y tráilers y anticipos hasta conseguir que, empachado, renuncie al objeto de su devoción. Me cansé de la película. Peor: sentí que ya la había visto.

La industria del cine ha mutado, cada vez más abiertamente, en una industria del hype. Y la mayoría de sus esfuerzos—o por lo menos la mayoría de sus presupuestos— están deliberadamente enfocados a un público al que, en el fondo, le dan igual los estrenos. Se nota: no van. O van una vez. Ya no se pelea por hacer mejores pelis, sino por estar en la conversación. Es ahí donde se juega todo. En 2024, la media de asistencias en España fue de solo 1,5 entradas por persona, mientras que las 10 películas más vistas concentraron el 36 % de las entradas vendidas. No es butacas vs. Netflix, que también. Es el vida o muerte de convertirlo todo en un acontecimiento.

En las salas hace tiempo que desapareció el término medio. La alternativa es puerta grande tamaño Imaginarium o tremendo leñazo que solo las plataformas de streaming pueden absorber. Con el consiguiente aplanamiento del producto, del que también nos quejamos.

Los primeros esclavos de esta necesidad continua de venta son los actores y directores, estos días en su pico por la temporada de premios. Quizás es que las películas son como graciosos disfraces que se van poniendo los intérpretes que nos gustan y que nos permiten verlos ora victorianos ora pingpongueros, y dentro de unos meses otro show de Jimmy Fallon y otra campaña de marketing y otras preguntas ingeniosas para demostrar su ambición o su fineza en un vídeo de YouTube.

Ya no se pelea por hacer mejores pelis, sino por estar en la conversación. Ahí se juega todo

No lo olviden: Sirat ganó el Premio del Jurado de Cannes en mayo de 2025. Óliver Laxe se va a tirar casi un año entero de promo posestreno, que para mí tiene algo de heroico. Y también de síntoma.

¿Existe otra vía? Acuérdense de Lux, de Rosalía, un lanzamiento sin prólogo. En vez de estar seis meses anticipando y calentando sacó un single y luego el disco en el lapso de dos semanas. Esos días fue la persona más importante de la Tierra y después, pum, a lo siguiente. ¡Y es un disco increíble! ¿Y qué más da?

Ya no existen ni las películas, ni la música, ni los libros. Ya solo existe la anticipación. El fogonazo. El envoltorio. No compramos entradas más que para alimentar nuestra propia expectativa. Para hablar con la gente que, igual que nosotros, sintió que debía acudir a estos grandes eventos, que de lo contrario se estaban perdiendo la Historia, que querían experimentar lo mismo que el enfervorecido público de las conferencias tecnológicas cuando les hablan de la revolucionaria IA: se vienen cositas.

Luego nada permanece. La cultura pop no nació ayer, pero ya vive tanto de la inmediatez como la política (y resulta igual de agotadora). Es formar parte de una conversación que no decides, olvidadiza y sobreexcitada, como la bienvenida de un perrito. Sin su lealtad.

No sé si veré Marty Supreme, o Hamnet, o Cumbres borrascosas, no sé si iré al Metropolitano a escuchar a Bad Bunny. Probablemente sea tonto y elitista y me esté perdiendo algo. O quizás es que simplemente esté empachado. No quiero comer más.


© El Confidencial