La universidad española y Shanghái
Cada año, a mediados de agosto, se despierta el patriotismo español con lamento e indignación por el orgullo nacional herido. Es justo después de que publiquen los resultados del famoso Ranking de Shanghái sobre las universidades en el mundo. Cada anualidad, como si de una liga deportiva se tratase, los medios de comunicación y parte de la opinión pública nos recuerdan que la universidad española no acaba de dar la talla: nunca tiene más de una o dos universidades entre las 200 primeras del mundo. Al menos reconozco que la cita anual tiene la virtud de que por un día se hable de la universidad española, esa misma de la que, significativamente, en campaña electoral no mencionan ninguno de nuestros políticos actuales. En general, ese recordatorio anual sirve para señalar críticamente las deficiencias de la gobernanza, la endogamia académica, la existencia de demasiadas universidades y títulos, la enorme distancia con el mercado laboral o la escasa internacionalización. Y solo en los casos más generosos recuerdan que España es de los países avanzados que menos invierte en sus universidades públicas.
No hay espacio en este breve artículo para abordar con el debido rigor y la necesaria extensión todos los temas mencionados, pero sí quisiera aprovechar para hacer cinco reflexiones sobre el Sistema Universitario Español (SUE).
La primera se refiere a las cifras de los rankings. No debemos demonizarlas ni entronizarlas. No debemos despreciarlas, pero no deben imponernos un modelo general de universidades que sea independiente de los contextos históricos y de las realidades nacionales o regionales, a menudo tan diferentes. En buena parte reflejan lo que quienes las fabrican desean que muestren, a saber: en el mercado universitario mundial, quien tiene mayor reputación por la cantidad y calidad de su investigación y, muy secundariamente, por la bondad de su docencia. Sirven para el mercado de la competencia entre las más famosas y para mostrar entre ellas quién tiene más investigación y transferencia, pero no siempre la mejor docencia y formación, ni la relación más efectiva para la transformación de su entorno.
Y si miramos atentamente los guarismos, aceptando la propia lógica de Shanghái, no me parece que tengamos tan malos resultados: de las 96 universidades que hay en España (50 públicas y 46 privadas), situamos a una universidad (a veces dos) entre las doscientas primeras y a 30 (a veces hasta 36, todas ellas públicas, excepto la Universidad de Navarra) entre las 1000 de un total de 22.000 entidades universitarias que se estiman existen en el mundo. Y si hacemos el necesario ejercicio de comparar presupuestos, digamos que Harvard tiene la nada despreciable cantidad de 6.700 millones de dólares (con un fondo patrimonial de 56.900) y la Universidad Complutense de Madrid, por ejemplo, no llega a 632 millones con una restricción de gasto del 35%. O, dicho de otra forma, todo el sistema universitario madrileño o catalán tiene unos presupuestos no muy superiores a los del Real Madrid o el Barça que, dicho sea de paso, por eso son mundialmente competitivos de manera permanente. Y con esos distintos mimbres convendrán ustedes que no se pueden hacer exactamente los mismos cestos: unos pueden fabricar fórmulas uno y otros utilitarios. Si me dan a elegir, que no tiene por qué, entre tener cinco universidades entre las cien primeras, por ejemplo, y todas las demás perdidas por el propio ranking chino (como pasa, por ejemplo, en Estados Unidos), o la situación actual que asegura a centenares de miles de estudiantes españoles que cerca de sus casas pueden acceder a una universidad de calidad reconocida por los estándares internacionales, pues la respuesta es que sin duda prefiero esta última opción porque tiene una mayor equidad social y un mayor impacto territorial, es decir, mayor progreso colectivo.
La segunda reflexión tiene que ver con un aval de confianza dirigido hacia los actuales y futuros alumnos universitarios. Por el conjunto de las cifras que disponemos, puede afirmarse que la calidad media de las universidades españolas ofrece garantías demostradas para confiar en su eficacia académica, especialmente en el caso de las públicas y de buena........
