De Reims a Santa Coloma: la izquierda que se perdió
Del acto en la Pompeu Fabra protagonizado por Gabriel Rufián e Irene Montero se pueden extraer dos conclusiones: primera, que Rufián lleva buena parte de razón; segunda, que Montero no se ha enterado de la misa, la mitad.
Mientras el portavoz de ERC defendía, con una mezcla de intuición política y cierto instinto de supervivencia, que había que entrar en los debates que hoy capitaliza la extrema derecha, la exministra de Podemos insistía en ampliar el espacio simbólico de la izquierda con más feminismo, más ecologismo y más capas de discurso identitario, como si cambiar la paleta de colores de la bandera —del rojo al verde y al violeta— fuera suficiente para ensanchar la base social.
La realidad nos muestra que, con esta estrategia, no se ha producido una ampliación, sino una fragmentación. No un ensanchamiento del campo, sino su parcelación en pequeños huertos ideológicos donde cada cual cultiva su causa mientras el terreno común se seca.
Rufián formuló la pregunta clave: "¿Por qué Juan Roig y un currela votan al mismo partido? (…) ¿Por qué alguien superputeado, precario, que paga por una habitación lo mismo que sus padres por una casa decente, flipa con Figaredo (Vox)?"
Para dar respuesta a estas preguntas, al político republicano le bastaría con visionar el documental Regreso a Reims, premio César 2023, basado en el libro homónimo, a caballo entre la autobiografía y el ensayo sociológico, de Didier Eribon, un filósofo foucaultiano cuya historia explica el camino a ninguna parte al que se dirige la izquierda.
"Rufián se hace la misma pregunta que Eribon cuando su madre, comunista de toda la vida, le confesó que había votado a Le Pen"
Eribon nació en Reims, una ciudad industrial francesa que podría ser perfectamente el Vigo de Citroën, el Getafe de las grandes factorías o el cinturón obrero de cualquier capital europea del siglo XX. Una clase trabajadora numerosa, organizada, sindicada, profundamente de izquierdas. Familias humildes, hacinadas, realquiladas, sobreviviendo en pisos donde la dignidad tenía más voluntad que metros cuadrados.
Después llegó el desarrollismo de los años sesenta. No era el paraíso, pero sí un ascensor social rudimentario: bloques de viviendas en la periferia, pequeños pisos, una mejora material tangible. Los padres se mudaron; los hijos, como en tantas historias europeas, emigraron a la capital. París, Madrid, Barcelona. La promesa de la movilidad.
En ese mismo periodo llegó la inmigración argelina. Y durante un tiempo, no hubo ruptura. La clase obrera francesa —como la española en su momento— integraba, convivía, compartía luchas. El mayo del 68 alineaba a estudiantes y trabajadores en una misma épica. Todo parecía encajar… Hasta que dejó de hacerlo.
Con los años aparecieron las tensiones. Los hijos de aquellos inmigrantes crecieron en los mismos barrios, pero dejaron de ser mano de obra invisible para convertirse en adolescentes bien visibles, conflictivos, con identidades propias. Ahí empezó la grieta. La vieja clase obrera, que había construido su identidad sobre el trabajo y la pertenencia, comenzó a percibir la competencia y a ver amenazados sus logros.
Es entonces cuando la madre de Eribon, comunista de toda la vida, le confesó que había votado a Le Pen en primera vuelta. No por convicción ideológica, sino por necesidad identitaria. El punto de inflexión.
Durante décadas, esa clase obrera no necesitó reivindicar quién era. Bastaba con ser francesa, trabajadora, parte de un colectivo. Pero cuando ese marco se diluyó, cuando llegaron otros, cuando el terreno se compartió, apareció alguien —Le Pen— que les hablaba directamente a ellos, que les devolvía una identidad que sentían amenazada. Y ese gesto, ese simple reconocimiento, valía más que cualquier programa económico.
Y es ahí donde la izquierda, como señala Rufián, se pierde.
Durante años, la izquierda asumió que los viejos esquemas se habían disuelto. Dio por hecho, con razón, que la gran fábrica, la concentración obrera, el sujeto colectivo clásico, había desaparecido. A ello se sumaban dos golpes históricos: el post-68, que desplazaba el eje hacia lo cultural, y el colapso de la URSS, que dejaba a la izquierda sin referencia geopolítica.
Ante ese vacío, figuras como los Iglesias y Montero optaron por reconfigurar el sujeto político: ya no el trabajador, sino una suma de identidades. Feminismo, ecologismo, minorías, causas específicas. Una constelación en lugar de un bloque. El problema era que esa constelación no generaba gravedad. No atraía; dispersaba.
Ese fue el error de base: confundir la ampliación con la disolución. Pensar que sumar causas equivalía a sumar votos. Y lo que ocurrió fue justo lo contrario: al romper el sujeto común, dejaron huérfanos a millones de votantes que ya no se reconocían en ese discurso.
"La izquierda se equivoca ufanándose de una superioridad moral que no es tal y apropiándose de causas de las que han perdido el copyright"
Ahí es donde entra la extrema derecha. No como anomalía, sino como consecuencia. Mientras la izquierda se dividía en causas, la derecha simplificaba el mensaje: identidad, orden, pertenencia. Y ocupaba el hueco que había quedado libre.
Lejos de rectificar el error, la izquierda ha seguido adentrándose en el hoyo. Se equivoca ufanándose de una superioridad moral que tiene más agujeros que un queso gruyere y apropiándose de unas causas y banderas de las que han perdido el copyright.
Por eso Rufián apunta en la dirección correcta cuando dice: "El problema no son los fascistas. Son los neutrales". Y añade algo todavía más incómodo: hay que hablar de orden, de seguridad, de inmigración. No para asumir el marco de la derecha, sino para no regalárselo. Porque eso es exactamente lo que ha ocurrido.
España tiene hoy cerca de un 20% de población nacida en el extranjero. Uno de cada cinco. Pero este dato no se percibe igual en todas partes: hay barrios, municipios —y Rufián es consciente— donde esa proporción es mucho mayor. Y ahí, donde la convivencia es cotidiana y no teórica, es donde se juega la política real. Sin embargo, la izquierda prefiere mirar hacia otro lado. Como si ignorar el problema fuera una forma de resolverlo.
"El mayor enemigo de la izquierda no es Vox. Es su incapacidad para articular un proyecto creíble y su subordinación a hiperliderazgos"
Esta orfandad de clase no es solo ideológica, sino también orgánica. Se ha producido un divorcio entre la base y el vértice que explica, en gran medida, por qué el diagnóstico de Rufián no encuentra eco en las estructuras de mando.
Posiblemente, el error más profundo haya sido entregarse a Pedro Sánchez. Las primarias, que se presentaron como un ejercicio de democratización interna, han derivado en hiperliderazgos, sin contrapesos, sin debate interno real. En el PSOE ya no hay corrientes, ni discrepancias visibles, ni órganos que funcionen como esferas de deliberación. Todo pasa, y se decide, en torno a una figura.
Con esas corrientes críticas, Felipe González sacaba mayorías absolutas. Ahora ocurre que Pedro Sánchez tiene al partido en un puño, no discrepa nadie y, en cambio, los resultados son menguantes. Del PSOE y de la izquierda en su conjunto.
El mayor enemigo de la izquierda no es Vox. Es su propia incapacidad para articular un proyecto creíble y su subordinación a liderazgos que han vaciado de contenido a las organizaciones. En ese contexto, el intento de Rufián de repensar el espacio de la izquierda suena menos a ocurrencia y más a síntoma. A intuición de que algo se ha roto.
Rufián, hijo y nieto de andaluces, nacido en Santa Coloma de Gramenet, portavoz de ERC en el Congreso, en Madrid, desde 2019, vive entre dos mundos. Entre identidades, territorios, relatos. Exactamente como Eribon cuando regresa a Reims y se reencuentra con su origen.
Porque eso es, en el fondo, lo que plantea este debate: un regreso. Un regreso incómodo a la clase trabajadora que la izquierda dejó atrás. Un regreso a las preguntas que ya no quiere hacerse. Un regreso a esos barrios donde el discurso no encaja con la realidad. La duda es si, cuando la izquierda vuelva —si es que vuelve—, quedará alguien esperándola.
