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El tsunami geoeconómico de la guerra de Irán

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10.04.2026

Nadie esperaba que la guerra durara tan poco. Y nadie sabe cuánto durará el alto el fuego. La operación militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha destruido infraestructuras, ha degradado capacidades, ha eliminado a las principales cabezas del régimen. Pero éste sigue en pie. Y ahí comienza el verdadero problema, porque Washington ha entrado en una guerra de elección sin una salida clara, sin un interlocutor identificado y sin el apoyo doméstico que requiere una campaña prolongada. El presidente Trump tiene las elecciones de medio término en noviembre y el foco estratégico puesto en China. Irán es, para él, un paréntesis. La pregunta es si Oriente Medio aceptará ese rol secundario en la nueva estrategia de seguridad nacional.

Conviene detenerse en los escenarios en los próximos cien días. El más probable no es ni la victoria limpia ni la guerra total, sino algo más incómodo: la victoria limitada. Estados Unidos ha neutralizado misiles, drones y parte de la capacidad nuclear iraní. La campaña aérea ha sido masiva, coordinada con Israel, y ha reducido la capacidad de Teherán para atacar a aliados regionales. Pero el régimen existe. Sin ocupación, sin reconstrucción, sin un plan B político, Washington declarará su éxito estratégico porque no tiene otra opción. Es un TACO elegante. Israel celebrará la superioridad militar adquirida y podría adelantar la convocatoria electoral prevista para octubre. Arabia Saudí presiona para ejercer el liderazgo regional. Y este Irán, derrotado, pero no doblegado, reorganizará la narrativa interna de la resistencia para aspirar a otros cuarenta años de revolución islámica.

El escenario improbable era el sometimiento del régimen y la promoción de un gobierno proestadounidense. Es el más seductor para los amantes de la política ficción, empero el más peligroso en la práctica. Requiere resolver el decapitation dilemma: ¿con quién se negocia cuando has eliminado a la cúpula? ¿Qué garantías ofrece una voz legítima que emerge de entre los escombros del poder? Los precedentes —Irak, Libia, Afganistán- no invitan al optimismo. El vacío de poder, las luchas internas, la fragmentación del Estado: esa es la herencia más probable de una victoria excesiva.

Y luego está el tercer escenario, el que mantiene en vela a los analistas de riesgo en las mesas de private equity y en las cancillerías europeas: Irán aguanta y el alto el fuego deviene inútil. La crisis energética y alimentaria refuerza, paradójicamente, la posición negociadora iraní. Los vecinos del Golfo, con fondos soberanos expuestos y rutas marítimas comprometidas, presionan a Washington para que modere o, en el extremo contrario, para que acabe de una vez. La guerra asimétrica tiene precio: un dron iraní Shahed a veinticinco mil dólares frente a un Tomahawk de dos millones. La dimensión económica convierte cada jornada en una sangría aritmética que no favorece al atacante.

En todo caso, esta guerra, con una eficacia brutal, ha acelerado la transformación que ya estaba en marcha: la tecnológica. Ucrania fue el laboratorio. Gaza fue el examen. Irán es la guerra de producción. Los sistemas de mando basados en inteligencia artificial, los satélites como sensores continuos, la automatización de decisiones letales en tiempo real: todo eso ha dejado de ser ciencia ficción doctrinal para convertirse en protocolo operativo. El binomio IA-drones ha reescrito la ecuación del coste de la guerra. No se abandona la intervención terrestre, pero sí ha cambiado quién manda en la batalla. Estados Unidos desarrolla sistemas como el LUCAS —Low-Cost Unmanned Combat Attack System— mientras Irán exporta la lógica del dron Shahed. La asimetría no es debilidad: es doctrina.

Para la economía global, el impacto no viene de la escasez, sino de la volatilidad. Esa es la enseñanza más importante de esta crisis: los mercados no colapsan por la falta de petróleo, sino por la incertidumbre sobre su precio. El barril por encima de los cien dólares beneficia a los productores —Irak, Arabia Saudí, Rusia— y castiga a las economías dependientes de Ormuz: Kuwait, Europa, Taiwán y los países que necesitan fertilizantes, helio. La inflación regresará porque los bancos centrales tienen hoy menos margen que en la crisis del covid. Hay indicios de estanflación que los gurús prefieren no mencionar todavía. El sector del crédito privado, el agregado de private equity y fondos soberanos, incorpora ahora la variable geopolítica como criterio de due diligence. Los exits son más complejos. Hay menos compradores globales. La penalización por exposición a geografías inestables ya está en los modelos econométricos. No es un problema financiero periférico: es la señal de que la guerra ha entrado en los balances.

En el tablero de la grand strategy, los movimientos son más reveladores que los disparos. Israel ha practicado un ataque de oportunidad para intentar rehacer Oriente Medio, eliminar la amenaza iraní y reconducir los acuerdos con Arabia Saudí. El militarismo agresivo produce inestabilidad duradera, no seguridad permanente. Arabia Saudí presiona a la Administración Trump para que golpee más y aspira, con calculada ambición, a convertirse en potencia nuclear controlada en el nuevo mapa regional. China guarda silencio estratégico: necesita estabilidad en Oriente Medio porque importa tres veces más del Golfo que de Irán y su relación comercial con Arabia Saudí multiplica por diez su vínculo con Teherán. El petro-yuan es un buen pagador a quien pueda proveerle de energía, seguridad y continuidad. Que el mundo se incendie no le conviene. China no sufrirá a corto plazo por la subida del precio, ya que lleva años acumulando barriles y preparando su tecnología verde para aminorar su exposición. Rusia, en cambio, celebra esta guerra en privado: sube el precio del petróleo, ve cómo se levantan sanciones y comprueba que el arsenal occidental que podría llegar a Ucrania queda comprometido.

La Unión Europea asiste desorientada al nuevo gran juego. Necesita garantías frente a Rusia. No tiene doctrina de seguridad propia. Carece de capacidad operativa para influir en Oriente Medio. Y, mientras tanto, su dependencia energética del Golfo —que España conoce bien, con el treinta por ciento del gas licuado procedente del Atlántico norte— se convierte en vulnerabilidad estructural. Sin visión estratégica, sin rumbo, las declaraciones de la presidenta Von der Leyen perturban.

¿Qué queda después del tsunami? Un orden internacional geoeconómico, transaccional y sin normas. La guerra de Irán no es una anomalía: es la culminación lógica del Orden Basado en Trump, donde la seguridad es un servicio de pago, la diplomacia es bilateral o no existe, y los aliados se miden por su utilidad en la cuenta de resultados. El presidente Trump ha demostrado que puede lanzar una campaña militar sin el Congreso y sin la OTAN. No le interesa el mundo post-2028.

El tsunami geoeconómico no arrasa solo infraestructuras: arrasa categorías de pensamiento y coloniza la imaginación política. El vector de seguridad se ha instalado en el coste de la energía, la inteligencia artificial o las relaciones multilaterales. El estrecho de Ormuz es el auténtico chokepoint civilizatorio.

¿Podrá Europa responder antes de que la próxima ola llegue a la orilla?

*Juan Luis Manfredi Sánchez, catedrático e investigador del Centro de Excelencia Jean Monnet en la Universidad de Castilla-La Mancha.


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