La política exterior europea
Cuando se critican las carencias de la Unión Europea, uno de los primeros blancos es su política exterior o, mejor dicho, su carencia de política exterior. Y ello a pesar de los avances institucionales de los últimos quince años, desde que se creara la figura del Alto Representante/Vicepresidente de la Comisión (2009) y se le pusiera al frente del Servicio de Acción Exterior Europeo (SEAE), creado en 2011. Si se busca un responsable interno por la ausencia de una posición común en los asuntos definitorios de la política internacional, se singulariza en la existencia del derecho de veto de los Estados miembros. Se nos dice que si se eliminara el derecho de veto, la UE habría dado un paso de gigante para convertir su músculo económico y poblacional en un actor decisivo en la escena internacional. Me permito disentir. El veto es un fenómeno o un síntoma de algo más profundo. Mientras estas circunstancias de fondo no cambien, nos encontraríamos que, eliminado el derecho de veto, la UE seguiría siendo un actor secundario en las grandes crisis y conflictos internacionales, e incluso sería eclipsada por el papel de algunos de sus Estados miembros. Para desarrollar esta tesis he de referirme a algunos postulados básicos sobre la política exterior -cualquier política exterior- sobre los que a menudo no hay claridad.
La política exterior consiste en la gestión satisfactoria de las incoherencias. Una política exterior que se autoproclame coherente no es política exterior. Es otra cosa, política a secas si se quiere, pero no política exterior. Y esto es así porque ningún país puede llevar a cabo una política exterior basada exclusivamente en valores. Ha de incluir en la ecuación a los intereses. Un país debe promover la venta de sus productos allá donde haya mercados con demanda, conseguir atraer inversiones y flujos de turistas, facilitar que sus empresas consigan contratos internacionales, asegurarse la suficiencia en productos energéticos y materias primas esenciales para mantener su economía, garantizar la protección de sus ciudadanos en el extranjero en cualquier circunstancia, y muy especialmente cuando estallan crisis humanitarias y bélicas.
Y, sobre todo, ha de garantizar su defensa en sentido amplio, frente a flujos descontrolados de personas, frente a amenazas terroristas o del crimen organizado y, en última instancia, frente a agresiones armadas contra su territorio. Es irreal, en lo que se refiere a los países europeos, que este entramado de intereses se desenvuelva exclusivamente en un marco geográfico caracterizado por el respeto a la democracia, los derechos humanos y a la economía de mercado. Valores e intereses se entrecruzan. A lo más que puede aspirar una comunidad basada en los valores citados es a lograr un equilibrio aceptable entre estos y los intereses. Desde luego no lo sería, al menos para cualquiera de los países miembros de la UE, si solo contaran los intereses.
Las contradicciones no solo se limitan a las derivadas de la tensión entre valores e intereses. Tanto o más importantes son las distintas........
