El trono y el altar
El inicio político de Europa se remonta convencionalmente a la coronación imperial de Carlomagno por el papa León III en el año 800, aunque geográfica y espiritualmente sus orígenes fueran muy anteriores. El intercambio de favores que simbolizó la ceremonia -reconocimiento de la legitimidad de la dinastía carolingia por el papa León, protección de la Iglesia de Roma frente a la amenaza lombarda, incluida la cesión de territorios conquistados por los carolingios y el reconocimiento de su autonomía espiritual- dio lugar a una relación entre el trono y el altar en Europa occidental y central muy distinta al cesaropapismo bizantino, con orígenes en los emperadores romanos Constantino y Teodosio. Esta relación sui generis está en la raíz de la especial textura que tomó la civilización europea y, desde el principio, estuvo sometida a tensiones, empezando por los respectivos intentos de emperadores y papas por convertirse en el elemento predominante. La llamada querella de las investiduras no fue sino el episodio más famoso de este forcejeo histórico.
Para que el sistema se mantuviera, era preciso que la unidad prevaleciese en el campo religioso y el político, esto es, que el imperio fuera la organización política dominante y que la Iglesia romana retuviera el monopolio de la enseñanza y culto cristianos, al menos en aquellos territorios fuera del ámbito de influencia de la Iglesia de Constantinopla. En los siglos XVI y XVII, las fracturas políticas y religiosas terminaron por quebrar definitivamente el equilibrio que, con sus altibajos, habían mantenido desde el siglo IX el emperador y el Papa. La reforma protestante privó al Papa del monopolio de la fe cristiana fuera del mundo ortodoxo, y el concilio de Trento (1545-1563) no fue sino el zafarrancho de combate de Roma para una confrontación que no daba por perdida.
En el campo político, la eclosión de Estados nación fue erosionando la primacía del Imperio: el emperador Carlos fue el último exponente del Imperio universal frente al auge de las nuevas naciones, hasta que el levantamiento del sitio de Metz en 1553, bajo control de Enrique II de Francia un año antes, simbolizase el declive imperial frente a los poderes emergentes. La división religiosa y política terminaría ocasionando la primera guerra paneuropea, que fue la de los Treinta Años (1618-1648), zanjada por la paz de Westfalia (1648), que fue a la vez acta de nacimiento de la Europa moderna y de defunción de la medieval, o más bien de los restos que de ella sobrevivían: el Imperio cedía el protagonismo a los Estados nación y la Iglesia católica dejaba de ser la fuerza impulsora de la espiritualidad europea, en cuya vanguardia se situaron las Iglesias........
