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Sobre el homenaje (y sobre ser homenajeado)

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17.02.2026

El homenaje es un reconocimiento. Se hace a una persona que se lo merece por su virtud o sabiduría. Los hay más o menos merecidos, pero en todos destaca algún aspecto que es ejemplar para la comunidad a la que pertenece el homenajeado. Y se supone que esa ejemplaridad se ha dado en el tiempo y, de esta manera, es el remate a toda una vida. Se trata, por tanto, de un agradecimiento, un aplauso simbólico, un retrato edificante.

Por otro lado, es un acto lleno de emoción. Pero la emoción ha de ser contenida, adornada por una razón que la controle. En caso contrario, se convierte en adulación o mero trámite.

En un homenaje emoción, razón, reconocimiento, agradecimiento, ejemplaridad y generosidad se dan la mano

El homenaje tiene el aire también de una sacralización. Es como si el que recibe el homenaje pasara a ser uno de los personajes ilustres de la sociedad a los que, de alguna manera, se venera. Por eso, no es un fin sin más, sino un legado, un ícono que va más allá de la cesación individual.

Quien ha sido homenajeado se siente agradecido. El agradecimiento es la nobleza del alma. Y se responde, así, a la generosidad de los que promueven y ejecutan el homenaje. Emoción, razón, reconocimiento, agradecimiento, ejemplaridad y generosidad se dan la mano. Y si se quiere que ese círculo no sea un trámite, debe haber alegría. La persona objeto de reconocimiento se ha jubilado. Jubilar es alzar la voz con contento, exultantes. Vida buena para todos aquellos que gozan de este privilegio. Y para los que lo otorgan.

*Javier Sádaba fue homenajeado el pasado día 11 de febrero en el Ateneo de Madrid, en un acto en el que participaron Antonio Garrigues Walker, Fernando Savater, Nieves Herrero y Luis Alberto de Cuenca.


© El Confidencial