Todo lo que odian de Felipe González
El uso del hashtag tiene una misión específica en las redes sociales: amplificar el elogio o el insulto y dar la apariencia de que se trata de un sentimiento generalizado. Por eso, los defensores de este PSOE de Pedro Sánchez le dedican a Felipe González el mayor desprecio con un hashtag: #ASCO. Así, con mayúsculas, para subrayar que su sola presencia les provoca urticaria o dolor de estómago.
Una etiqueta, por definición, es una tentación que obsesiona a muchos en política, el reparto permanente de carnés de todo, de ideologías o de democracia. No es algo específico del PSOE ni de la izquierda, por lo tanto, pero nadie negará que la más inesperada de todas es esta de los socialistas que defienden a Pedro Sánchez contra el primer secretario general del PSOE en democracia, Felipe González, el dirigente que 'fundó' el socialismo de la democracia y que lo llevó a las mayores cuotas de poder y aceptación social que ha tenido un partido político en ese medio siglo.
Como recoge Ignacio Varela en su libro Por el cambio (Ed. Deusto), es en el Congreso de Suresnes, en 1974, cuando empieza a hablarse de "momento fundacional", a partir de que "Felipe emerge como una figura clave de la democracia y el PSOE se convierte en la maquinaria política más poderosa de España". En el trasiego diario, apenas reparamos en la trascendencia de todo esto, pero si nos separamos un poco de la actualidad y contemplamos este día en el contexto más amplio, desde 1976 hasta 2026, la mirada es otra.
Ya sé que puede parecer una obviedad, nada de sorpresa, pero a quienes han vivido todo este periodo siempre les sorprenderá la agresividad que demuestran hoy quienes ayer profesaban una admiración levítica por aquel al que hoy escupen. Como lo próximo que va a suceder en España son las elecciones autonómicas de Andalucía, podemos resaltar dos muestras de esta agresividad por parte de dos socialistas andaluces muy representativos de la misma época en la que Felipe González era el ‘dios’ de todos ellos: Rafael Escuredo y Amparo Rubiales.
El primero, Escuredo, que fue presidente de la Junta de Andalucía, se revolvió el otro día cuando comparecieron juntos Felipe González y Juanma Moreno en la presentación de una serie de Canal Sur sobre Cayetana de Alba. El acto estaba organizado, desde muchas semanas antes, por la Fundación Cajasol, dentro de un ciclo de conferencias y encuentros con motivo del centenario del nacimiento de la duquesa de Alba. Además de ellos dos, el acto lo presentaba Susanna Griso y asistieron tres hijos de la duquesa.
¿Algo que ver con la campaña electoral? Nada, evidentemente, pero en el PSOE andaluz se lo tomaron como si fuera un mitin de Felipe González para apoyar a Juanma Moreno. Por eso, Rafael Escuredo escribió: "Una vez más lo ha vuelto a hacer. Felipe González ha criticado a Pedro Sánchez y dice que es socialista en vez de decir que es un ‘socialisto’ al servicio del PP". Eso de llamarle a Felipe González ‘socialisto’ es muy interesante, porque se trata de uno de los insultos más rancios, más antiguos, de la derecha contra el PSOE.
Es muy posible, por ejemplo, que el primero que le llamara a González 'socialisto' fuera el líder de la primera extrema derecha de la democracia, Blas Piñar, franquista rezagado, y el último que ha usado el mismo insulto ha sido Rafael Escuredo, un socialista. Más agria todavía se muestra otra histórica del PSOE, Amparo Rubiales, que ha ejercido varios altos cargos de primer nivel en Gobiernos socialistas desde que Felipe González la 'fichó' para que abandonara el PCE y se fuera al PSOE. Rubiales es una de las del hashtag #ASCO para referirse a González, al que censura con toda clase de acusaciones pastosas.
Lo que defienden ambos es que, para ser socialista, es imprescindible el acatamiento disciplinado de todo lo que haga el secretario general, y siempre ponen de ejemplo el apoyo ciego que ellos mismos le prestaron a Felipe González cuando era el líder socialista y se vio envuelto en varios escándalos como presidente del Gobierno, desde el famoso referéndum de la OTAN al monumental escándalo del GAL, que llevó a la cárcel a toda la cúpula del Ministerio del Interior.
Es verdad que la obediencia, la disciplina férrea, en política es un factor determinante, pero lo que no se pueden comparar, sin más, son esas dos etapas políticas. Tampoco son los mismos, ni mucho menos, los contextos políticos y la naturaleza de las polémicas de antes y de ahora. No es lo mismo haber secundado el cambio de opinión sobre la pertenencia a la Alianza Atlántica que pasar de considerar inconstitucional la amnistía al independentismo a defender y forzar todo lo contrario.
Más grosera, inadmisible, puede ser la comparación de la lucha antiterrorista en la década más sangrienta de ETA con los acuerdos con Bildu para acelerar la excarcelación de decenas de etarras, entre ellos los peores asesinos de la banda. Dicho de otra forma, la disciplina de un partido político se acaba en el momento en el que peligran los valores fundamentales que han llevado a una persona a militar en un partido político.
Los principios son más importantes que la obediencia y el apoyo militante. En el momento en el que se abandonan los principios, la disciplina de partido empieza a llamarse servilismo. Felipe González, y su etapa de gobierno, tiene claroscuros, momentos brillantes y miserias decepcionantes, pero lo que nadie le podrá criticar es la coherencia de lo que siempre repite: que quien ha cambiado de opinión es Pedro Sánchez, que ni siquiera lo ha sometido a debate alguno en el PSOE y que todo lo ha hecho por el puro interés personal de conseguir los votos que le hacían falta para seguir siendo presidente.
Quizá, lo que más les molesta de Felipe González, y de tantos cientos de socialistas de la Transición desengañados de este PSOE, abrumados por la hierática frialdad de Pedro Sánchez; quizá, todo lo que odian de Felipe González es verse reflejados en el espejo de su propio servilismo, en la envidia de lo que nunca se atrevieron a hacer.
