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La política exterior de un pigmeo con pretensiones de gigante

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06.03.2026

Podría mentir y decir que el miércoles a las 9 de la mañana me puse ante la televisión con la esperanza de escuchar la declaración de un estadista, gobernante de una democracia occidental, ante la situación más peligrosa para la paz en el mundo en lo que llevamos de siglo: la que más nos acerca a una conflagración global. Lamentablemente, a estas alturas Sánchez ha extirpado cualquier esperanza al respecto. Sí, atendí la declaración, pero únicamente para comprobar qué clase de truco pueblerino ejecutaría en esta ocasión.

Sólo necesitó un par de minutos para hacerlo visible. Con su entonación más campanuda, declamó: "La posición del Gobierno de España se resume en cuatro palabras: no a la guerra".

Vale, tío. Un publicitario jubilado de una agencia de anuncios por palabras habría encontrado algo menos viejuno y burdo para la ocasión. El resto del sermón fue lo de siempre: bullshit de consumo doméstico, plagado de guiños izquierdosos de los años 60 del siglo pasado recitados robóticamente. Los estrategas de carril llaman a esas cantinelas "movilizar a los nuestros" (a saber quiénes son esos "suyos" que necesitan ser movilizados).

Sánchez lleva dos años intentando desesperadamente provocar una confrontación a cara de perro con los Estados Unidos y, singularmente, con Donald Trump. Sueña que ello engrandecerá su figura y hará renacer el ancestral sentimiento antiyanqui de la alicaída izquierda española, que lo aclamará como un Fidel Castro del barrio de Tetuán en lucha desigual con el monstruo imperialista.

Atendiendo a la estructura de su personalidad y al poder que detenta cada uno de ellos, Sánchez no pasa de ser una reproducción en miniatura de Trump. Están forjados con el mismo material. La principal diferencia es que Trump es un populista-narcisista que puede destruir el mundo con el consentimiento de su sociedad y al populista-narcisista Sánchez sólo le alcanza para cargarse........

© El Confidencial