La gran regresión: OTAN no, bases fuera
Han pasado cuarenta años del día en que se celebró un referéndum para decidir la permanencia de España en la OTAN o su ruptura con la Alianza Atlántica. De todas las campañas electorales en que he participado en mi vida, esa fue la más dura, la más difícil y, sin duda, la más trascendente. También la que más habría deseado evitar: era claro que nada bueno podía salir de ese experimento para España, para el Gobierno en el que entonces trabajaba y mucho menos para la causa de la paz.
Salió el mal menor, pero la catástrofe estuvo muy cerca. Cuando en 2016 David Cameron convocó el referéndum sobre el Brexit, cometió una insensatez del mismo volumen, pero entonces salió cruz y tanto el Reino Unido como la Unión Europea pagarán durante mucho tiempo sus nefastas consecuencias.
Felipe González ha admitido que convocar ese referéndum fue el mayor error de su etapa en el Gobierno. En realidad no fue un error, sino tres encadenados: Inocular en la población un sentimiento anti-OTAN y antiyanqui que él mismo no compartía. Comprometerse a convocar un referéndum sobre una materia que por su naturaleza repele los plebiscitos binarios. Cumplir la promesa y convocar el referéndum con plena consciencia de lo inadecuado de la decisión y de lo que se ponía en peligro.
En su favor cabe alegar precisamente aquello que se le reprocha: llegado al punto al que no debió llegar, tuvo el coraje de defender contra la corriente y contra su propio electorado lo que creía mejor para su país, declaró el referéndum políticamente vinculante aunque no lo fuera constitucionalmente y ligó su permanencia en el cargo al resultado de la votación. Muchos tomaron como amenaza lo que en aquella circunstancia era un acto elemental de coherencia.
Tres semanas antes de la votación, el No ganaba por casi 15 puntos de ventaja. Fraga,........
