¿Sustituirá la inteligencia artificial a los abogados?
La pregunta, así formulada, contiene ya un error de planteamiento al presuponer que la abogacía es una función homogénea que puede sustituirse en bloque cuando, en realidad, es una amalgama de tareas de naturalezas radicalmente distintas, unas mecánicamente algoritmizables y otras irreductiblemente humanas. Lo que la irrupción de la IA está haciendo no es sustituir esa amalgama, sino disolverla, separando sus componentes con una nitidez que el propio ejercicio profesional nunca había exigido. La revisión masiva de documentos, la due diligence, la redacción de contratos estándar, la búsqueda jurisprudencial, la predicción estadística de resultados procesales: todo eso caerá, está cayendo ya, en el terreno de la máquina, porque es trabajo de patrón, y el patrón es precisamente lo que un modelo entrenado con millones de ejemplos reconoce mejor que cualquier asociado de segundo año. Pero hay un residuo que no cede, y conviene preguntarse por qué no cede, porque la respuesta no es meramente técnica ni transitoria, sino que toca la estructura misma de lo jurídico.
El derecho, a diferencia de lo que cree el sentido común ingenuo, no es un sistema cerrado de reglas que se aplican mecánicamente a los hechos. Es un lenguaje natural cargado de conceptos deliberadamente indeterminados —razonabilidad, buena fe, culpa, gravedad— cuyo significado no preexiste........
