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Permanecer cuando sería tan fácil irse

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16.07.2026

La gran patología de nuestro tiempo no es la soledad, sino el quiebre de la pertenencia. Esa es la grieta real. No la ausencia de personas, sino la fragilidad de lo que construimos con ellas.

Estamos perdiendo la capacidad de permanecer. Cuando algo raspa, cuando una relación decepciona, cuando una comunidad nos incomoda, nos vamos en lugar de quedarnos a resolverlo. Vivimos conectados con todo y arraigados en nada. Tenemos más contactos y menos vínculos que nunca capaces de sobrevivir a un desacuerdo.

Un ensayo reciente de Kasper Benjamin publicado en The Minority Report, “How We Forgot to Stay”, puso nombre a lo que yo llevaba tiempo sintiendo sin saber formularlo.

El autor invoca a Robert Putnam, que documentó hace un cuarto de siglo el declive del capital social: menos asociaciones vecinales, menos compromiso cívico sostenido. Lo que entonces parecía un fenómeno estadístico se ha convertido en la textura cotidiana de la vida occidental. Hemos sustituido las instituciones intermedias (el club, la parroquia, el partido, la comunidad de vecinos) por vínculos líquidos que se activan y desactivan según el estado de ánimo. La pertenencia exigía paciencia institucional; ahora apenas requiere un clic de salida.

Benjamin recuerda también a Albert Hirschman y su distinción entre tres respuestas posibles ante el deterioro de cualquier organización: la salida, la voz y la lealtad. Cuando algo nos decepciona (una empresa, un partido, una amistad), podemos marcharnos en silencio, protestar desde dentro para intentar cambiarlo, o permanecer leales mientras se resuelve la tensión. Hirschman advertía que una salida demasiado fácil debilita la voz: si abandonar no cuesta nada, nadie se esfuerza........

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