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La rebelión de las élites tecnológicas

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Ante los malos augurios que nos llegan acerca del futuro, cabe preguntarse cuándo y por qué la esperanza en un tiempo venidero en el que podrían cumplirse las mejores expectativas de la humanidad, un anhelo que inspiró a los humanistas y a los ilustrados, dejó paso no ya al escepticismo, sino al mero temor del fin de nuestra especie. Muchas proclamas tecno-optimistas vienen con una letra pequeña que no suele leerse: no es de nuestra especie tal como la conocemos de la que están hablando cuando describen las maravillas que traerá el porvenir, sino de una especie posthumana que supuestamente ocupará nuestro lugar en este planeta y será la que disfrute de ellas.

En el fondo, no hacen sino reiterar una fatalidad con larga tradición intelectual: la felicidad completa no está reservada para nosotros, los humanos, y nunca lo ha estado. Si, por ejemplo, los largoplacistas, como William MacAskill y Toby Ord, creen que, suponiendo que nada se tuerza irremediablemente, estamos solo en los comienzos de nuestra historia y anuncian la posibilidad de un brillante futuro a largo, muy largo plazo, millones de años, no se trata de un futuro para los seres humanos, sino que los sujetos que lo “vivirán” serán posthumanos de los que lo desconocemos todo, excepto su al parecer inexorable hibridación con máquinas inteligentes.

Hay, ciertamente, razones para el pesimismo. Las conocemos bien: cambio climático, proliferación de armas nucleares, pérdida de biodiversidad, agotamiento de recursos naturales, etc. La aparición de una superinteligencia artificial no alineada con los intereses y valores morales humanos ha venido a incorporarse recientemente a todos los viejos temores. Para los largoplacistas oxonienses, es el mayor desafío que tenemos que afrontar. Nunca fueron mayores los peligros porque nunca fue tan potente la tecnología para propiciar nuestra destrucción.

No es extraño, por ello, que haya cuajado en los análisis políticos sobre el futuro la noción de “riesgo existencial”, acuñada por el también oxoniense Nick Bostrom. Un riesgo existencial sería aquel capaz de destruir por completo la vida humana y otras muchas formas de vida, o que, en el mejor de los casos, dejaría a lo que quede de la humanidad sin posibilidad de restaurar la civilización. Sería la amenaza de la destrucción permanente y drástica de su potencial para un........

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