La cruzada de Gabriel Rufián y el toreo de salón
Antes ya lo intentaron por la derecha Cambó y Roca (principios y finales del siglo XX), pero desde el catalanismo autonomista que estaba a setas y rolex. O sea, en la política catalana y la española al mismo tiempo. Lo que ahora intenta Gabriel Rufián por la izquierda es parecido, pero desde el independentismo. No es lo mismo, claro.
El recelo está garantizado ante la posibilidad de que un partido antiespañol quiera incluir en la política nacional. Y esa es la clave de que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, como diría aquel torero sentencioso.
De manera que lo de Montero (Podemos) y Rufián (ERC) del otro día en Barcelona cursa en circuitos políticos y mediáticos como lo del 18 de febrero de Rufián y Delgado (Más Madrid) en la sala Galileo de la capital de España.
Palos de ciego de la izquierda extrema republicana, plurinacional y antitaurina fragmentada territorial e ideológicamente que, por la mala cabeza de sus dirigentes (Iglesias, Yolandas, Monederos, Belarras, Garzones, Errejones…) perdió su oportunidad histórica cuando el malestar de la ciudadanía respiraba por la izquierda hace once años.
La escenificación pública de las propuestas de Rufián solo ha generado pompas de jabón
Ahora respira por la derecha y no vale encomendarse a la ley D'Hondt para limitar daños frente al gestionar el tsunami que viene (PP-Vox). Y mucho menos en nombre de una alerta antifascista pregonada por quienes se reconocen más en su aversión al facha que en la formulación de aspiraciones genuinas de la izquierda de toda la vida.
El resto de la onda expansiva generada por la cruzada de Rufián son pompas de jabón. Cómo decir que "si no vamos juntos nos matan por separado" o que hay que reconquistar el "orgullo de ser de izquierdas" (Irene Montero).
Escenificar los intentos de convertir a la izquierda extrema en una sola oferta de cara a las próximas elecciones generales (¿paraguas ERC?, ¿paraguas Podemos?, ¿paraguas IU?), es puro toreo de salón. Empieza y termina en la celebración del evento, donde empieza y termina también el inesperado españolismo político y futbolístico, con chocantes paréntesis de reafirmación en su fe independentista por parte del enviado especial de Oriol Junqueras en el Congreso de los Diputados.
Las direcciones de las tres izquierdas nacionalistas ancladas en sus respectivos territorios (catalanes de ERC, vascos de Bildu y gallegos de BNG) ya han dicho que no quieren saber nada de Rufián y su toreo de salón por una izquierda ideológica sin fronteras territoriales. Empezando por el jefe político de este: "No estamos aquí para hacerle el trabajo a la izquierda española", ha dicho Oriol Junqueras, líder de ERC después de confirmar que su partido se presentará a las generales con sus propias siglas y sus propios candidatos.
En cuanto al resto de grupos interpelados, es difícil encontrar gestos de apoyo incondicional a las propuestas de Rufián. De uno u otro modo se van desmarcando o quedan en tierra de nadie. Desde los "comunes" de Colau a la izquierda clásica de Maillo, pasando por las desorientadas huestes de Sumar, nadie pasa por el aro de acuerdos concretos. Ni antes ni después de la charla cara al público de Rufián con Irene Montero en el auditorio de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona.
