Con Vizeu, el 9 que aprendió con Paolo y un Maxloren que volvió loco a Cerro: lo que no se vio del triunfo celeste por la Libertadores
Con apenas un par de días de entrenamiento era poco, poquísimo lo que Zé Ricardo podía hacer desde lo táctico. Pero mucho, tal vez lo suficiente, aquello que era probable cambiar desde el espíritu, desde lo mental. Y así lo hizo. Cambió, eso sí, el sistema, un 4-4-2, e hizo reaccionar a un equipo que hasta hace unas horas parecía vencido por sus limitaciones para un 1-0 dramático que dejó los tres primeros puntos para Cristal en la Libertadores y a un héroe impesando: Vizeu.
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Porque hasta antes de su ingreso, a los 72 minutos, este Cristal en pleno proceso de reinvención había pateado 12 veces al arco paraguayo sin acierto. Había intentado ya todo: por arriba, por abajo, por las bandas, el tiki taka, el cañonazo. Y nada. El portero Arias hasta parecía que desviaba los intentos con la mirada.
Zé Ricardo, a veces hablando mucho con el Camello Soto, a veces hablando solo, a veces en silencio caminando en sig zag, tomándose la cabeza, manos en el rostro, manos a la cintura, gritando al cielo; padecía su propio partido mientras la posesión era celeste pero no el gol.
Los hinchas, los fieles, los de verdad, que se hicieron presentes en una casa que no era la suya, el Miguel Grau, también jugaban un rol protagónico y fundamental: antes que arremeter contra los suyos por la incapacidad de meterla, decidieron alentar, apoyar, motivar con las arengas, los cánticos, con un sí se puede sentimental.
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Cerro, que terminó jugando con 10 desde el final del primer tiempo por un pelotazo absurdo a Maxloren, jugó a resistir e intentar doblegar desde donde mejor saben los paraguayos: el contragolpe, el pelotazo, el nocaut inesperado. Pero, felizmente, no pudo.
Precisamente fue Maxloren uno de los protagonistas. Su juego, lleno de amagues disruptivos, volvió loco a Cerro. Aunque sin poder resolver en los metros finales, Castro se las arregló para encontrar siempre un agujero en la línea de, muchas veces, cinco defensas paraguayos.
Cargoso, tanto que terminó ganándose un inusual pelotazo en la cara, falta que propició la roja a Cecilio Domínguez, quien en un saque lateral le lanzó con las dos manos el balón directo al rostro del joven jugador celeste, lo que el árbitro consideró como agresión directa. Hasta ahí la mejor jugada de Cristal no fue en el juego: fue mental.
Conciente de sus limitaciones, Cristal buscó el gol por matemática pura: a más intentos, mayor probabilidad de que uno sea gol. Todos los cambios de Zé Ricardo fueron pensandos en ese rumbo: incrementar volumen en ataque, bajo riesgo de quedar expuestos en el contragolpe.
A 15 del final, con todas las opciones agotadas, Zé Ricardo apostó por Vizeu. Ya lo había dirigido antes, en Flamengo, donde logró potenciarlo. Ahí también el delantero compartió con un conocido nuestro: Paolo Guerrero.
En 8 ocasiones un joven Vizeu entró por Paolo y en 6 más jugaron juntos. Zé Ricardo, que empezó como interino y se quedó como técnico oficial por casi un año, hizo de Vizeu en ese tiempo un prospecto interesante, muy lejos de lo que ha dejado ver en este 2026 con la celeste.
La apuesta, seguramente con una charla previa de por medio, presentó evidencias concretas de que el trabajo mental es fundamental en el fútbol moderno. Dos veces la tocó Vizeu en los 15 minutos que estuvo y una de ellas fue gol. Gol no, golazo porque llegó en el final y significó el descargo de todo un partido cuyos indicadores más nobles parecían apuntar al 0-0.
No fue cabezazo, no fue remate, fue una especie de patada de karate con elevación extrema. Un gol de Zlatan Ibrahimovic, un gol de goleador, del que pesca en el área una oportunidad más por el olfato que por la técnica. Fue Vizeu, el señalado, el que luego corrió como loco por todo el campo sin saber si celebrar o ponerse a llorar por la hazaña.
Fue Zé Ricardo y su charla mental lo que hizo que este Cristal no deje pasar la oportunidad que tantas veces dejó ir por falta de insistencia.
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