Gobernar el avispero
Esta semana volví al pasado: explosiones y atentados que empiezan a acumularse con una familiaridad inquietante.
No son hechos aislados, han sido más de una decena de ataques en cuestión de días, una veintena de muertos, decenas de heridos y gente atrapada entre el miedo y la incertidumbre.
Concluyo que el país no está avanzando, sino girando sobre sí mismo. Es como si viviéramos en un péndulo que vuelve a oscilar hacia el lado oscuro.
Fui testigo de la violencia de los noventa, por lo que sé que esta no irrumpe de golpe. No comienza con una tragedia que lo cambia todo de la noche a la mañana.
Empieza, como ahora, con una sucesión de hechos que se vuelven paisaje. Una explosión aquí y un atentado que hoy escandaliza y que mañana se reemplaza por otro. Así se instala el miedo: como una costumbre.
Entonces surge el clamor por alguien que llegue a poner orden, “un salvador”; por lo que me es imposible no reparar en la otra cara de la moneda: la cantidad de aspirantes.
¿Qué lleva a una persona a querer asumir las riendas no de un proyecto de gobierno sino de un auténtico berenjenal?
Me sorprende la ligereza con la que muchos aspiran a la cima del poder, como si se tratara de un premio para disfrutar las mieles del reconocimiento y el ego.
Aristóteles decía que quien desea una corona rara vez comprende su peso. Y en Colombia, el peso es grande: aquí no se trata de gobernar estabilidad sino tensión permanente.
Ojalá elijamos a quien de verdad esté dispuesto a organizar este avispero, y quiera Dios que no salga picado.
