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El precio de pelear con el vecino

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05.03.2026

Veía el fin de semana pasado una imagen con camiones cargados de mercancía detenidos en Rumichaca, el puente que une a Colombia y Ecuador, y reflexionaba sobre las MiPymes afectadas, pensaba en los emprendedores colombianos y ecuatorianos que luchan diario por materializar sus sueños, y en los comercios estancados por una guerra arancelaria que, honestamente, casi nadie comparte.

Los gobiernos de Petro y Noboa se enfrentan en una disputa a partir de aranceles que ya lleva semanas escalándose, y que no se sabe bien dónde irá a parar.

En un principio, empezando este año, Ecuador impuso una tasa de seguridad del 30% a nuestros productos, argumentando que Colombia no estaba haciendo lo suficiente para contrarrestar el narcotráfico en la frontera. Y Colombia respondió de la misma manera, poniéndole aranceles a los productos ecuatorianos. Ecuador luego subió sus aranceles al 50%, así que nosotros anunciamos que haremos lo mismo. Y en esas estamos. Dos países vecinos que hasta hace dos siglos éramos uno solo (y hoy miembros de la misma Comunidad Andina) destruyendo en días lo que tardamos décadas en construir. Pareciera ser esta una habilidad constante del actual gobierno colombiano.

Estoy seguro de que son muy pocos quienes desde sus despachos en Bogotá o Quito se han sentado a tomar decisiones pensando en la señora que vende arepas en Ipiales con harina ecuatoriana, o en el paciente ecuatoriano que depende de insumos médicos que fabricamos en Colombia. La realidad detrás de este capítulo político es que cerca de 300.000 empleos pasaron, de la noche a la mañana, a estar en riesgo por una disputa entre dos gobiernos.

Colombia dice que Ecuador actúa de mala fe. Y mientras las acusaciones pasan, las importaciones desde Colombia a Ecuador cayeron cerca de un 70% en pocas semanas. El comercio, que no se rige por ideologías ni banderas, pero que se tiene que someter a ellas, simplemente se estanca, o se muere.

Uno esperaría que en este punto alguien dijera: “bueno, ya basta, arreglemos”. Y bueno, de hecho los gremios empresariales de los dos países sí han pedido conjuntamente dejar sin efecto los aranceles recíprocos y abrir un canal de diálogo político inmediato. Pero como casi siempre, lo privado va más rápido que lo público, porque al privado le duele el bolsillo mucho antes de que lo padezca el público, si es que eso alguna vez sucede. En este capítulo los empresarios, que son los que inmediatamente sintieron los aranceles, están pidiendo cordura mutua y están llamando a la paz en pro del pueblo, y de sus negocios. Pero, lastimosamente, los presidentes parecen no tener afán de cordura. Eso dice mucho de ellos, sobretodo si un día critican a Trump por sus políticas arancelarias, y al siguiente las emulan.

Pero si hay alguien que no miente es la estadística. El comercio bilateral entre los dos países ronda los 3.000 millones de dólares anuales, cifra que es tan relevante para la balanza comercial de Colombia como lo es para la de Ecuador. Los transportistas fronterizos ya reportan caídas de hasta el 95% en el movimiento de mercancías. Esto nos está costando caro a todos y diario.

Al final, Petro y Noboa y sus cúpulas son quienes menos pierden. Ellos seguirán en sus despachos, quizá los de Noboa planificando su siguiente jugada con una jarra de café colombiano caliente, y los de Petro en las mismas, analizando el problema mientras comparten un buen plato de camarón ecuatoriano. Si algo he aprendido tras analizar múltiples guerras comerciales es que los últimos que terminan pagando las cuentas de los errores son quienes los originan.  

Con el aroma de un café huilense, los saludo,

Santiago Ospina López


© Diario del Huila