“Cundinamarca no es Dinamarca”, tampoco Singapur:El espejo tridimensional que Colombia necesita mirar
Por: Jorge Agustín Rojas Soto
“Ojo, que Cundinamarca no es Dinamarca”. Por décadas, en el argot popular colombiano ha resonado una frase irónica para frenar en seco cualquier idealización de nuestra realidad. El juego de palabras, casi musical por su similitud fonética, encierra una verdad sociológica profunda. Mientras el país escandinavo encabeza los índices mundiales de felicidad, civismo y transparencia, nuestro territorio lidia con fracturas sociales crónicas, desconfianza institucional y un arraigado irrespeto por las normas.
Su éxito (el de la ciudadanía danesa) no radica en la acumulación de cartones académicos, sino en una estructura invisible pero poderosa: la confianza social (social tillid). Sin embargo, al analizar la raíz de esta abismal diferencia, solemos caer en un diagnóstico equivocado. Existe la falsa creencia de que Dinamarca es una sociedad modélica porque sus ciudadanos nacieron con un «chip» genético de honestidad o porque poseen títulos universitarios avanzados. La realidad estadística de los censos daneses desmitifica esto: una parte considerable de su población adulta solo completa la educación básica obligatoria y se decanta por la formación técnica.
En el modelo danés, la obediencia a la ley no nace del miedo al castigo, sino de la corresponsabilidad. Un ciudadano respeta el semáforo en rojo, no se cuela en la fila y paga impuestos altos porque tiene la certeza de que su vecino hará lo mismo y que el Estado le devolverá ese esfuerzo en bienestar, salud y seguridad. Existe un contrato social intacto que se construye de abajo hacia arriba de manera orgánica.
El Espejo de la Mano Dura: El Éxito de Singapur
Frente a este civismo orgánico e idílico de Dinamarca surge el contraejemplo perfecto y el argumento favorito de quienes defienden los castigos severos: Singapur. En los años 60, esta ciudad-estado era una isla pobre, caótica, sobrepoblada y fracturada por violentas tensiones raciales. Hoy, es uno de los centros financieros más seguros, limpios y ordenados del planeta gracias a un endurecimiento extremo e histórico de las leyes.
Sin embargo, reducir el éxito de Singapur a la mera severidad de sus multas o castigos corporales es un error de análisis de marca mayor. El modelo singapurense funcionó porque la mano dura vino acompañada de tres pilares que legitimaron la coacción:
Cero impunidad y equidad absoluta: La ley es implacable tanto para el ciudadano que tira un chicle al suelo como para el alto político corrupto. En Singapur se eliminó la discrecionalidad judicial. La certeza del castigo generó la confianza de que el sistema era absolutamente transparente y ciego ante el estatus social.
Retribución en bienestar y calidad de vida: El Estado entendió que no podía exigir un comportamiento de primer mundo a una población en la miseria. Al mismo tiempo que endureció las normas, ejecutó una revolución en vivienda pública (haciendo propietarios a casi el 90% de sus habitantes), educación meritocrática y empleo masivo. Portarse bien se convirtió en un excelente negocio para el ciudadano.
Ingeniería social obsesiva: El gobierno implementó intensas y prolongadas campañas educativas para moldear el comportamiento cotidiano (desde cómo hacer una fila hasta cómo mantener........
