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Homilía de la reconciliación

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11.04.2026

Amadeo González Triviño

Es urgente, prioritario y absolutamente necesario, que los altos jerarcas de la Iglesia Católica y especialmente los Obispos de las Diócesis convoquen a sus sacerdotes para que en las homilías se respete el derecho de confesión y no se incite a la guerra fratricida que hemos vivido en Colombia desde hace más de ciento cincuenta años, todo por intereses políticos, causas partidistas o defendiendo causas ajenas.

Es triste observar como desde el púlpito, “parece que se reviviera la época de los años cincuenta”, ya fue terrible con la guerra de los mil días, cuando el partido conservador tenía como aliado a la religión y se buscaba acabar y exterminar a todos los liberales, como se repitió en toda Colombia.

Me ha confesado un creyente de gran acercamiento a los ministerios de la fe, un asiduo y permanente apóstol de los principios que Jesús nos enseñó y quien en todo momento, desde su profesionalismo, observa estupefacto la forma como los ministerios propios del amor, de la caridad cristiana, del respeto por el otro, de la convivencia pacífica y especialmente del perdón y de la reconciliación, se distancian profundamente en las homilías de nuestros sacerdotes, convocando al odio, a la guerra partidista y a la censura pública de quienes piensan diferente o de quienes procuran la defensa de la patria, según sus criterios ideológicos.

Es hora de volver los ojos por el amor al prójimo, repetir las enseñanzas de “amaos los unos a los otros, como yo os he amado”, todo bajo el presupuesto de la reconciliación, del perdón y de la búsqueda mediante la espiritualización de nuestros actos, para agradar al Dios, para alabar al Señor, para perpetuar la búsqueda de la paz y de la convivencia social, que tanta falta nos hace, paz total a que algún día hemos de alcanzar.

Hace poco un sacerdote pregonaba en la Homilía, cuando se acercaba el día de los esposos, y pregonaba que había escuchado en confesión a una mujer quien se dolía porque su compañero de vida se negaba luego de veinte años de convivencia, a celebrar el matrimonio católico. Ella confesó al sacerdote que el padre de sus hijos, con quien convivía hace veinte años, era un ser ejemplar en fidelidad, en el cumplimiento de sus deberes de padre, que guiaba a sus hijos por los preceptos de la moral, de las buenas costumbres y los convocaba a la oración, y que como esposo cumplía con las obligaciones que en sociedad le correspondían, en la lealtad y el compromiso con los otros y con su familia, pero en su fuero interno se negaba a aceptar la invitación que su compañera le hacía para contraer el matrimonio.

El sacerdote, advirtió que la penitencia que impuso a la mujer que se confesó, fue única: “usted vive en pecado, usted debe dejar a ese hombre”, “usted debe separarse”, porque usted si no se casa en un tiempo no muy lejano “Dios no la recibirá en el reino de los cielos”.

Ese mismo sacerdote a los pocos días, desde su púlpito, como lo ha venido repitiendo insistentemente en las homilías, convoca a luchar contra el comunismo, a desafiar con el voto, al candidato que pregona como mensajero del “maligno”, haciendo referencia a quien se presenta como el candidato de las preferencias en las encuestas de opinión política, y sabe decir en forma velada, que solamente “la paloma” de la paz, debe estar en nuestros corazones, enviando un mensaje que cualquier parroquiano entiende y no comulga con el sacerdote.

Esta forma de participación en política desde el púlpito religioso, no contribuye en lo más mínimo con la búsqueda de la paz, no genera situaciones que podamos convalidar, cuando tenemos que acercarnos al otro, buscar mediante el razonamiento claro y perfecto de la realidad social, encontrar caminos que procuren luchar contra las desigualdades sociales, encontrar el paso hacia la consumación de la hermandad, como base social de la construcción del hombre del nuevo milenio.


© Diario del Huila