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Madrugadas

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03.04.2026

03 de abril 2026 - 03:08

En Sevilla hay una Madrugada y muchas madrugadas. La que acaba de culminarse es tan emocionante y comunitaria que, aunque una esté en su casa y en su cama, puede sentir en el cuerpo con nitidez la vibración o resonancia de lo que está pasando ahí fuera. Esa es una de las cosas que más me gustan de la Semana Santa tal cual aquí la vivimos: más acá de los dogmas, ideas y creencias, la experiencia externa (común, callejera, agitada…) se las entiende a fondo con la vivencia de lo íntimo y su recogimiento.

Pero hoy me quiero detener en las demás madrugadas, las escritas en minúscula. Esas que el cine, la literatura y la charlatanería han mitificado (hay mucho poeta escribiéndole versos a la noche oscura que a las diez está acostado), pero que en ocasiones pueden convertirse en una auténtica jodienda. Lamento el prosaísmo, pero salvo gozosas excepciones –un relío gracioso, una francachela, la adoración nocturna del amado, dicho sea también con estupendas minúsculas…– recomiendo vivamente que las madrugadas nos pillen soñando. En los últimos meses me he visto y he visto a mucha gente en planta a las tres de la mañana. Otro mundo. El inquietante silencio de saber que los demás duermen, decir “Buenos días” a una pareja enamorada que responde “Buenas noches”, sentirme un fantasma que flota y se cruza con otros fantasmas que también sienten que flotan por la calle, la vitalidad del aeropuerto a horas imposibles, las luces de los camiones, la carretera que ella surca a toda mecha hasta el hospital, el recepcionista de las deshoras ofreciéndole una botella de agua y un poquito de consuelo, el trajín en la sala de urgencias a la puta hora, las compañeras de la radio cuando me cuentan su carpe noctem, el reponedor, el vigilante, la enfermera, la que da la teta a su chiquilla, las que limpian mientras dormimos, quienes quieren dormir y no pueden. Hay una ciudad invisible, distinta y despierta en cada madrugada. Llena de currantes nocturnos, insomnes, alarmas, ronquidos de fondo, pastillas, sonámbulos, tragos duros, nictálopes, sudoraciones, películas, crápulas, uniformes, poluciones, lechuzos, guitarras, noctámbulos. Tal vez habla mi lado de alondra cuando les deseo que pertenezcan al grupo de privilegiados a los que las madrugadas sorprenden dormidos (el cuerpo a sus anchas, sin sombra de máscara), y despiertos de tan vivos, si así gustan, cada Madrugada.

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