"No me he puesto una gorra en la vida. Ni siquiera la de la Caja Rural, esa que llevaban los agricultores hace cuarenta años y por la que ahora matan los modernos"
No me he puesto una gorra en la vida. Ni siquiera la de la Caja Rural, esa que llevaban los agricultores hace cuarenta años y por la que ahora matan los modernos. Tampoco me he colocado ni una pamela, ni un tocado, ni una boina, ni un turbante. Nada. Bueno, vale. Me puse un sombrero en una boda. Parecía un champiñón. Desde entonces, no es que vaya con la cabeza muy alta, pero sí descubierta.
Una ciudadana norteamericana residente en España, Lucrecia Aldao, sale en televisión con una gorra MAGA ('Make America Great Again') para contrarrestar la de Pedro Sánchez, esa que pone 'Make Science Great Again' y con la que se lanza en bici a ritmo de Hannah Montana. La visera se la trajo Sara Aagesen de la cumbre del clima en Brasil. Tampoco es que se estirara mucho la ministra, que ya le podía haber traído alguna cosica más. No sé, unas Havaianas, una camiseta de 'Estuve en Belém y me acordé de ti', un kilo de café o una caja de bombones de Gramado.
Cachaza no, que de eso va sobrado el presidente. Lucrecia, trumpista perdida, aparece con la gorra y con la camiseta de su amigo americano. Dice que se ve ridícula. Pues como yo con el sombrero. El criterio estético de la señora es superior al político. En un episodio de 'Curb Your Enthusiasm' (cómo no amar una serie con ese nombre), Larry David, demócrata y misántropo de la calva a los pies, se coloca la gorra MAGA. Por h o por b, siempre le viene bien: lo mismo le sirve para evitar que un extraño se siente a su lado en la barra de un restaurante que para librarse de la paliza de un motorista neonazi tras una discusión de tráfico. Recuerdo el capítulo y me dan ganas de encasquetarme la gorra. Aunque me quede tan mal como a Lucrecia.
