Maristas: crónica de un despropósito
Dice el refrán que lo que mal empieza, mal acaba. Esta máxima es perfectamente aplicable al culebrón en torno al antiguo colegio de los Maristas, al que se ha sumado recientemente un nuevo y funesto capítulo. Hagamos memoria. La Congregación de los Hermanos Maristas decidió trasladar el centro educativo de la pamplonesa calle Sangüesa a Sarriguren aduciendo falta de espacio y obsolescencia del edificio originario, con cuya venta se pretendía financiar la operación. Tras una fallida reconversión en hotel, se optó por revalorizar el inmueble permitiendo su uso residencial. Para encubrir el pelotazo, junto a los 48 pisos de lujo se proyectaron otros 108 protegidos. Dar cabida a tanta vivienda requería, además de elevar dos plantas más el edificio existente, perpetrar en su patio dos nuevos bloques de 7 alturas, solo 2,7 metros más bajos que las genuinas torres, y distantes apenas 7,2 metros del colegio. Pero había un problema: el inmueble, obra del hoy repudiado Víctor Eusa, goza de una protección de grado 2, lo que comporta severas limitaciones. El quijotesco ingeniero Francisco Galán denunció un sinfín de infracciones. Todas sus alegaciones fueron desestimadas. El Grupo Arrasate, entidad gestora del agrado de Bildu, tenía muy claro que nada detendría el proyecto, pues inició la comercialización mucho antes de su aprobación definitiva.
¿Qué tenemos hoy? Pues un bodrio. Es incomprensible que se permitiera incrustar dos........
