menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

"Y un día se me presentó la oportunidad. No había nadie en la clase cuando llegué y el libro sobre la mesa. Me subí a una silla dispuesta a esconderlo sobre el armario"

12 0
18.03.2026

Cuenta Theodor Kallifatides en “Madres e hijos”, que su profesor de Griego y Latín, como castigo por hacer novillos le obligó a leer los poemas de Catulo, y de ese modo descubrió la gran poesía. Yannis Raisis se llamaba el valiente que así lo castigó y al leerlo recordé que también yo tuve una maestra semejante. A ella le encantaba el Quijote, que utilizaba para los dictados con gran disgusto mío, que de buena gana lo hubiera echado a la hoguera junto con los de caballería del buen Alonso Quijano. 

Y un día se me presentó la oportunidad. No había nadie en la clase cuando llegué y el libro sobre la mesa. Sin encomendarme a Dios ni al diablo me subí a una silla dispuesta a esconderlo sobre el armario del material escolar. Y justo cuando estaba allí, con los brazos en alto, se abrió la puerta y entró la profesora. No me castigó. Ni siquiera me reprendió al descubrir la fechoría. Simplemente me dijo lo mucho que le extrañaba que una gran lectora, como era yo, no sintiera ni siquiera curiosidad por leer un libro tan famoso y elogiado. Porque lo que sé de él es aburrido, le contesté. Pero en mi interior ya me estaba prometiendo leerlo enseguida para poder decirle al terminar que seguía pensando que 'El Quijote' era un tostón. 

Pero ante mi propio asombro, conforme leía iba descubriendo que aquello me gustaba, que lo estaba pasando bien. Tan bien, que lo he releído varias veces, y que cada vez que lo hago descubro algo nuevo que me hace pensar o sonreír. Así que tras haber leído que Kallifatides descubrió la gran poesía gracias al castigo de su profesor me siento cercana a él y agradecida a mi señorita María que no reprendió mi travesura, pero me tentó a leer 'El ingenioso hidalgo', aunque ¡tonta de mi! yo lo hiciera únicamente para decirle que seguía pareciéndome aburridísimo. Pero con los libros buenos podemos llevarnos grandes sorpresas, aunque los leamos por castigo o por mantenernos en nuestros treces.


© Diario de Navarra