"Tenía que resultar maravilloso volver a residir en el lugar en que nacieron, pero sin las necesidades que les obligaron a vivir sin otra presencia a su alrededor que las ovejas"
Cuando veo en la TV un programa en el que presentan un pueblo de Navarra, me asombra la cantidad de personas que en tiempos pasados cruzó el océano para trabajar al otro lado. Rara es la familia que no cuenta con varios de ellos, que se fueron obligados por la necesidad.
No sé cuantos “hicieron las américas” porque los que nos cuentan su aventura no parecen nadar en la abundancia, aunque suelen decir el tiempo que necesitaban trabajar para a su regreso comprar un piso y en nada se parece al que aquí hubieran precisado.
Los hubo, sí, que regresaron ricos, dispuestos a asentarse en su lugar de origen tras haberse hecho construir la mejor casa del pueblo, lujosa, podríamos decir. Basta visitar algunas localidades navarras para cerciorarse de ello, contemplando las que se dio en llamar casas de indiano.
Y tenía que resultar maravilloso volver a residir en el lugar en que nacieron, pero sin las necesidades que les hicieron partir un día, obligados a vivir tiempo y tiempo sin otra presencia a su alrededor que las ovejas o vacas que apacentaban, soñando cada noche con la tierra donde construirían su casa cuando volvieran.
Y hoy, años después se sigue cruzando el mar, aunque las condiciones sean diferentes. Cada lunes aparece en este diario una persona navarra que reside en algún lugar lejano. Mas estas tienen estudios y se han asentado en ciudades donde han hecho buenas amistades o incluso encontrado el amor.
Unas tienen intención de regresar, otras se lo piensan porque se encuentran bien allí. Pero las que vemos en televisión no parecen soñar con ahorrar para tener una buena casa cuando vuelvan, ¡qué va! Sueñan con el jamón que allí han dejado de catar, porque, como el de aquí, en ningún lugar. Créanme, lo he oído decir a muchos de estos nuevos emigrantes. Pasmoso pero comprensible, ¿no?
