"Temblando estamos algunos cuando oímos hablar de la posible prohibición de burkas o velos por nuestras calles, no vaya a ser que esto nos lleve a otro motín como el de Esquilache"
Pues menuda la que se armó en Madrid el 23 de marzo de 1766 en protesta por el cambio de vestimenta masculina ordenado por el marqués de Esquilache, que pretendía acortar la capa y además imponer el sombrero de tres picos, sentara bien o mal al personal. Todo ello con el fin de que nadie pudiera ocultar su rostro y mucho menos peligrosas armas entre sus ropas. Se armó buena, sí, porque a nadie le gusta que le digan cómo tiene que vestirse, faltaría más. Hasta esto parecía más importante que la subida de precios en la alimentación que por esas mismas fechas llevó al hambre a los más necesitados. Pero la ropa es cosa seria, y temblando estamos algunos cuando oímos hablar de la posible prohibición de burkas o velos por nuestras calles, no vaya a ser que esto nos lleve a otro motín como el de Esquilache.
Dicen que en algunos colegios e institutos empiezan a tener problemas con el alumnado: en clase no se puede llevar gorra, dice el profesor a un alumno que la luce. ¿Y ella, qué?, responde el chico señalando a una compañera cuya cabeza va cubierta por un pañuelo del que no asoma un solo cabello. Y como media clase piensa de un modo y otra media del otro, casi se organiza el motín. Y puede que esto mismo ocurra cuando alguien se acerque al cajero de un banco y tras él se sitúe a esperar su turno alguien con burka. Y digo alguien porque quién sabe si esa elevada figura es hombre o mujer y si porta un arma con la que puede obligarle a entregarle su dinero tres pasos después. Fuera burkas y velos, que se nos vea bien a todos, dicen algunos mientras otros se ponen a favor de quienes los llevan y piden libertad para que los sigan vistiendo. Un lío, un verdadero lío, y no envidiamos al Esquilache que tenga que tomar una decisión tan difícil y que seguro dejará descontenta a la mitad de la población.
