Y Silvio cogió su fusil
A finales del siglo pasado, uno escuchaba con arrobo poético digno de mejor causa las canciones de Silvio Rodríguez. Denostábamos a Octavio Paz; creíamos que la poesía se escondía en las metáforas bélico-amatorias del cantautor cubano. Juventud, divino tesoro. En cristiano: nos faltaba un hervor. Mi admiración por Silvio Rodríguez se fue al garete en noviembre de 1988, cuando asistí junto a mi hermano a un concierto que ofreció en el pabellón Anaitasuna. Las entradas se agotaron. Conseguimos sentarnos en el suelo, a........
