"Van a ponernos al borde de un ataque de nervios y Osasunbidea no tiene profesionales para atender las angustias que ellos mismos inducen"
Cuentan que ahora la salud de los navarros viaja en el móvil. Un clic en Estonia, una contraseña en Roma, y el historial médico se despliega en la pantalla como una confesión involuntaria. A esta fragilidad de entregarnos al algoritmo la llaman progreso.
Es curioso. En una de las sociedades más envejecidas del mundo, hemos decidido que el acceso a la vida dependa de una destreza técnica que no es universal. Proclamamos la digitalización como dogma y obligamos a quienes aún se pelean con el WhatsApp a batallar con el DNI electrónico o el sistema Cl@ve; códigos que caducan en segundos y errores de servidor que no piden perdón. Es la burocracia invisible. Una paradoja cruel: en nombre de la gestión sanitaria, estamos inoculando un estrés gratuito que termina siendo, en sí mismo, una nueva patología. Van a ponernos al borde de un ataque de nervios y Osasunbidea no tiene profesionales para atender las angustias que ellos mismos inducen.
La contradicción es preocupante: mientras la tecnología nos vende una ubicuidad total, el médico se aleja del paciente. Podemos acceder a nuestros datos desde Nicosia con una inmediatez asombrosa, pero sufrimos el destierro de la consulta presencial. Un clic basta para desenterrar todo nuestro pasado clínico, pero hace falta una mañana entera de insistencia telefónica para conseguir un hueco en el presente.
Mientras la nube presume de velocidad, el asfalto marca otro ritmo. En el Centro de Salud de Sarriguren, la realidad se impone: gente guardando cola al amanecer, cuerpo a cuerpo, esperando un número que ninguna clave digital arregla. Sobre la acera, la digitalización es un cuento de ciencia ficción que no cura catarros ni lumbalgias. Nos dicen que nuestra salud ahora está "en la nube", y tienen razón: tan en las nubes que parece inalcanzable, mientras abajo, en la tierra, nos dejan con el código en el móvil y el corazón temblando.
