La coartada del relato
La coartada del relato
Cuando el poder no puede evitar el desgaste, intenta cambiar la conversación
La coartada del relato / 5
Hay días en los que la política se delata a sí misma. No por lo que dice, sino por la sincronía de lo que hace. Estos días han dejado uno de ellos: mientras un exministro y número dos del partido del Gobierno se sentaba en el banquillo del Tribunal Supremo, el Ejecutivo activaba su reflejo más reconocible: convertir el relato en coartada, al agitar la bandera de una reforma constitucional para blindar el aborto. Dos planos. Una misma lógica.
No es irrelevante quién comparece ante siete jueces. No se trata de un actor periférico, sino de quien fue pieza central del poder, alter ego político del presidente en el asalto a La Moncloa y voz principal de una moción de censura presentada como acto fundacional de una nueva ética pública. La regeneración democrática no era entonces un eslogan: era la coartada moral del cambio.
Por eso, lo que ahora se dirime no es solo la eventual responsabilidad penal de un dirigente, sino la consistencia de un relato. Porque los relatos políticos no se desmienten con argumentos, sino con hechos. Y cuando esos hechos se sientan en el banquillo, lo que comparece es algo más incómodo: la distancia entre lo prometido y lo practicado.
A esa incomodidad se suma otra: la incapacidad —o la negativa— a asumir responsabilidades políticas. No ya las derivadas de una sentencia que aún no existe, sino las exigibles en términos de ejemplaridad y rendición de cuentas. ¿Qué se ha depurado? ¿Qué se ha corregido? ¿Qué se hará si hay condena? El silencio, en estos casos, no es prudencia: es síntoma.
El señuelo constitucional
Y es ahí donde entra el segundo movimiento. No como respuesta, sino como desplazamiento. El Ejecutivo aguardaba el momento de mayor efecto para lanzar el señuelo: una reforma constitucional inviable para blindar el aborto. Una propuesta que nace muerta, pero que cumple su función desde el instante en que se anuncia. Cuando la realidad aprieta, el relato se expande.
No estamos ante una reforma diseñada para prosperar, sino para operar. Eludir el procedimiento agravado —que exigiría disolver las Cortes y convocar elecciones— no es un matiz técnico, sino la clave. Sin los números necesarios, el movimiento se convierte en otra cosa: un gesto de alto voltaje ideológico y bajo coste institucional. Un comodín eficaz: no exige mayoría suficiente para aprobarse, pero sí la tensión necesaria para rentabilizarse.
Con dos objetivos nítidos: resintonizar con un electorado femenino exigente y sembrar incomodidad en la oposición, consciente de que el aborto ha sido históricamente un terreno resbaladizo para el principal partido adversario. No todos los problemas del adversario son casuales; algunos son cuidadosamente provocados.
El ruido como refugio
A ello se suma un tercer propósito menos explícito: amortiguar el impacto del juicio de las mascarillas en la opinión pública. Desplazar el foco, rebajar la intensidad del desgaste, sustituir la rendición de cuentas por la confrontación ideológica. En definitiva, buscar refugio en el ruido.
Así, los dos planos convergen. El judicial, que exige explicaciones, responsabilidades y el político, que busca redefinir la conversación, desplazar el eje del debate y recomponer apoyos. No son movimientos independientes, sino piezas de una misma estrategia: gestionar simultáneamente el desgaste y la distracción.
Pero hay un elemento que agrava la lectura. La proximidad de los ciclos electorales introduce una variable que convierte lo táctico en algo más delicado. Elevar a rango constitucional un asunto de máxima sensibilidad en vísperas de urnas no solo tensiona el debate: lo somete a la lógica de la rentabilidad inmediata. Y ahí es donde la anomalía se hace evidente.
No por el contenido, sino por su instrumentalización. Cuando cuestiones de fondo se convierten en herramientas coyunturales, el riesgo no es solo político, sino cívico. La convivencia se resiente cuando los consensos se sustituyen por pulsos calculados y lo estructural se degrada en arma arrojadiza.
Buscar conflictos útiles puede ofrecer réditos a corto plazo, pero erosiona los marcos que hacen posible una convivencia estable.
Relato o responsabilidad
Gobernar no es elegir entre rendir cuentas o ganar el relato. Es asumir que sin lo primero, lo segundo acaba siendo una coartada. Y en ese tránsito, el poder revela su verdadera incomodidad: no ante el juicio que no puede evitar, sino ante la verdad que no siempre puede moldear.
reforma constitucional
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