Perder la democracia
Un veinte por ciento de los europeos, y casi el cincuenta de los americanos, quieran destruir la democracia sin saber cuál es la alternativa
Donald Trump, presidente de EEUU. / Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dp / DPA
Irán nos evoca a los ayatolás y al régimen del terror que imponen a su pueblo, pero en 1951 Mohammad Mosaddeq era el primer ministro elegido democráticamente por el pueblo iraní, cuando aquí teníamos a Franco. Decidió nacionalizar el petróleo en manos de la Anglo-Persian Oil Company, hoy British Petroleum. La respuesta inglesa y norteamericana consistió en asfixiar económicamente a Irán. Mosaddeq fue a defender ante el Consejo de Seguridad el derecho de Irán a nacionalizar su petróleo. También ante la Corte Internacional que falló a su favor porque no tenía competencias en la materia. El triunfo del primer ministro iraní fue breve y abortado por la CIA y el MI6 mediante un golpe de Estado que entregó el país al Sah, Reza Pehlevi. Mosaddeq murió preso en su casa en 1967. Era un demócrata.
La aversión iraní hacia Occidente se explica porque los anglosajones les arrebataron su breve democracia imponiéndoles un dictador al que en 1979 derrocó la Revolución Islámica de los ayatolás que exportaron su revolución a los países vecinos a través de grupos armados y terroristas; destrozaron económicamente Irán y reprimieron salvajemente a su pueblo. En especial a las mujeres. Cuando las revoluciones son sustituidas por una causa religiosa suelen acabar mal. Actualmente, Irán es un país no árabe en una región árabe, y, desde 1979, la única teocracia musulmana en la que el chiísmo es la religión oficial.
Virar hacia el extremismo religioso para derrocar al Sah, en vez trabajar en la sombra durante los años de dictadura para intentar recuperar su incipiente régimen democrático, se ha revelado un error. No puedo sustraerme al paralelismo entre la oportunidad iraní de recuperar su democracia y la posibilidad de que los europeos podamos perder la nuestra, como la están perdiendo los americanos. Evidenciamos la mediocridad de los líderes occidentales que asisten al desmoronamiento institucional de las Organizaciones Supranacionales: la ONU ha perdido la financiación de los EE UU, está bloqueada por el veto de EE UU, Rusia o China y ha sido sustituida por una Junta de Paz creada por Trump al que había que pagarle un millón de dólares para entrar, siendo la mayor parte de sus miembros autócratas o dictadores; la OTAN está liderada por la antítesis de Josep Borell, Mark Rutte, incapaz de arbitrar un sistema conjunto de defensa europeo que nos proteja de Putin o de Trump si se vuelve a acordar de Groenlandia o reivindica la Tramuntana; Von der Layen es inconsistente, y al igual que Rutte, simpatizante de Trump y Netanyahu, que se llevan muy bien con Putin, y todos ellos nos desprecian profundamente; en el Parlamento Europeo, el veinte por ciento de los partidos son de extrema derecha y antieuropeístas posicionados bien a favor de Trump, bien a favor de Putin.
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Asistimos a una nueva forma de fascismo en Occidente con las típicas características de ese movimiento: aumento de los nacionalismos, la lógica etnocéntrica, la competición y desconfianza entre estados -incluso entre los miembros de la UE-, las reiteradas crisis económicas que evidencian el fracaso del neoliberalismo, o que la antiguamente denominada clase obrera vuelva a votar a los partidos populistas de extrema derecha, entre otras. Percuten en lo que llaman «el fracaso del sistema» y desacreditan las instituciones que se proponen destruir sin que hayan explicado qué crearían en su lugar. Cuentan con el poder de las redes sociales en manos de quienes financian y apoyan a Trump. Han conseguido que el setenta por ciento de la población no se fie de los medios de comunicación. Pero lo más inconsistente es que un veinte por ciento de los europeos ,y casi el cincuenta de los americanos, quieran destruir la democracia sin saber cuál es la alternativa. Porque nadie la ha detallado más allá de expulsar a los inmigrantes y cuestionar la ciencia. Nos la podemos imaginar, porque el problema no es lo que dicen, sino lo que no dicen, que es fácil de deducir. Porque ya ha pasado y puede volver a pasar.
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