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Una fideuá

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05.03.2026

Creado: 05.03.2026 | 06:00

Actualizado: 05.03.2026 | 06:00

Te despiertas por la mañana, un sábado soleado, y resulta que hay una guerra allí afuera. Lejos, claro, pero una guerra. La fuerza sigue siendo más importante que la razón. Estados Unidos manda y los demás obedecen. Las protestas airadas de Europa y del mundo civilizado resultan cansinas, porque acaban siendo una interminable manifestación de impotencia, y la impotencia es melancólica y tóxica y patética. La exhibición del poder militar y de la sofisticada inteligencia de Estados Unidos nos tiene a todos atados al televisor. Poseen las armas más precisas del mundo. Y tienen espías hasta en Teruel. Lo tienen todo. Si tienes tantas cosas, tienta usarlas. Y Trump sale por la televisión con abrigo negro, que se adivina de excelente calidad, y una gorra en donde se lee «USA». Allí sí que no hay complejos a la hora de celebrar tu nacionalismo y el nombre de tu país. No se me ocurre otra forma de levantar el ánimo que irme al Mercadona que está cerca de mi casa a comprarme una fideuá. Hoy he invitado a comer a una amiga muy querida. Paseando por Mercadona uno se olvida de la guerra al menos en el momento que tiene que elegir entre croquetas de pollo o de jamón. ¿Por qué es tan buena la fideuá del Mercadona? Me acuerdo de cuando viví en Estados Unidos y de lo que me fascinaban los platos cocinados que se vendían a la entrada de los supermercados. Salgo del Mercadona y tengo una revelación: me iré de este mundo sin conocer la extinción de las guerras. Y los que nazcan hoy, en este día de guerra, crecerán con la guerra en las pantallas y se morirán dentro de cien o ciento diez años y seguirá existiendo la guerra. Pero algún día desaparecerá. ¿Cuántas generaciones tendrán que conocer la guerra todavía? Le digo a mi amiga que la fideuá la he hecho yo. Ella ha comprado un pastel de mazapán con yema tostada. Ponemos las noticias. Salen iraníes huyendo de Teherán. Nunca he estado en Teherán. Los países vecinos cierran su espacio aéreo. Los turistas se quedan tristes y solos en las asépticas terminales de los aeropuertos. La vida se escurre por el abismo. A mi amiga del alma no le gustan los langostinos. Me los como yo. Quisiera emitir un juicio moral y político, pero no puedo. Si hubiera nacido en Irán y fuese iraní no podría escribir mis libros con la libertad con que los escribo en España. Si fuese una mujer iraní o un homosexual o un transexual, ¿qué pasaría por mi cabeza? Mi amiga se ha sentado en el sofá y se ha quedado dormida bajo el sol. Apago la tele y sigue habiendo mucha luz en el cielo.


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