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Siempre nos quedará El Diario…

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Creado: 20.04.2026 | 10:44

Actualizado: 20.04.2026 | 10:44

El Diario de León, que ha salido en carretón porque está en su población».

Ciento y una veintena nos contemplan, años que cuentan nuestras vidas.

Hace unos días, al hilo del pascual «andancio de papón», un querido hermanito de cofradía me iluminaba una nueva entrada para «Palabra de Papón» (recopilatorio coral donde los haya) opúsculo que, como posiblemente Vuesas Mercedes no ignoren, compendia humildemente el habla semanasantera capitalina.

Mosquetón: Anilla metálica (acero o aluminio) generalmente ovalada, con un pestillo de resorte utilizada para conectar rápidamente diversos componentes, indispensable en escalada, rescate y trabajos en altura. En Semana Santa utilízase para colgar el tambor de la cintura y facilitar su retirada. Suele colocarse debajo de la túnica.

Viene esto a cuento, porque no nos vendría mal —nada mal— a los leoneses abandonar el mosqueo… y utilizar el mosquetón a modo de aglutinante frente a las ignominias que vienen asolando a nuestra bendita urbe, y no sólo de puertas afuera, también «aquí» dentro.

Aglutinemos —sujetemos, como el mosquetón— sentimientos compartidos; pasemos de los sueños a la realidad —sin tampoco desterrar del todo la ensoñación—; avistemos el futuro sin perder un ápice de la memoria que engrandeciere nuestro pasado; vivamos cada segundo de existencia… y dejémonos de estar todo el santo día con la llorera a flor de piel, ¿qué hacemos intramuros para recibir justas correspondencias? Para que se nos reconozca «…lo que es del César…». Para poner cada cosa en su sitio.

Así viene siendo desde «la noche de los tiempos», desde que el arriba firmante —servidor de ustedes— cerraba ediciones en Proa y La Hora Leonesa… ¡a las tres de la madrugada, con dieciséis añines! Mi padre «quemando» el teléfono —fijo, claro— cada dos por tres para ver qué era del jodío niño: «Sí, sí no te preocupes, Primo, el chaval está aquí… poniéndonos a todos la cabeza loca»; inasequible al desaliento Quinito, aquel mítico redactor jefe, quien, como el incombustible Chencho, escribía —corregía— las crónicas en el reverso de los rollos usados de teletipo una especie, para quienes la edad no les haya permitido conocer aquellos mágicos entresijos, de «hiperpapel higiénico». ¡Qué tiempos… en Lucas de Tuy!

¡La épica más allá de la razón! Cuando el periódico se hacía, no tanto en la Redacción como en el Monterrey del añorado Abilio: camarero de chaquetilla blanca, pajarita negra y discernimiento largo. ¡Qué tiempos…!

Igualito que ahora, cuando a las ocho de la tarde —las veinte… hora Renfe— ya están los queridos compañeros —siempre con excepciones, claro— consultando el reloj una y otra vez. No me quiero ni imaginar si un día —¡líbrenos el Señor!— «le da» por caerse La Pulchra… a las diez de la noche —veintidós… hora Renfe— .

Tanto han cambiado los tiempos como que, ahora, hemos transmutado auténticos automóviles por «lavadoras con ruedas»; tornando el placer de conducir por el mero desplazamiento y las vivencias por un mero paso del tiempo. Servidor se retiró de la competición activa, los rallyes, tras gastar el segundo juego de neumáticos slick Michelin SB11 en el Catorcetreinta… ¡un pastón, entonces!

Bueno… siempre nos quedará El Diario; el irremplazable olor a tinta y las ennegrecidas —cada vez menos— yemas de los dedos: el ¿»terminó usted con el periódico, me lo pasa, por favor»? mientras dejamos que se temple el cafetín recién servido y se «pose» la tortillina recién cuajada; mientras saludamos a Tomasín y demás parroquianos mañaneros o, eso también, nos hacemos «el orejas» ante el pesadín —«plastilina»— de turno… que, eludiendo el desaliento, tampoco falta nunca a la cita.

En León, «los descansables de los lunes» (Carlitos dixit) copan barras y rincones de tabernas, tabernáculos y figones, aportando un punto de irrenunciable veracidad a la realidad diaria.

Es verdad que algo ha cambiado, siempre cambia algo, desde el otrora refugio de coplas, coplillas y copleros «juevesanteros», hoy devenido en botellón infecto; nada que ver con la esencia —si es que alguna vez la tuvo— del «Santo Pellejero» —¡mira que me cuesta el «gentilicio»!—.

Bueno… siempre nos quedará El Diario, el olor a tinta y las —levemente— ennegrecidas yemas de los dedos.

¡Qué sea por muchos años! Y… ¡Que sea enhorabuena!


© Diario de León