Las tablas de Marisú
Creado: 15.04.2026 | 06:00
Actualizado: 15.04.2026 | 06:00
Uno no puede admitir que María Jesús Montero disparate involuntariamente. Y no consigo creerlo porque realmente lo hace con un arte y perfección que están fuera del alcance de la mayoría de los mortales. Es aquello que decía Samuel Johnson de Rousseau: «un hombre que dice dislates tan bien, tiene que saber que está diciendo dislates». No se le escapan, ni le brotan espontáneos en el calor de un debate, ni al hilo de unas emociones desatadas: para ser tan buenos como son, piensa uno que tiene que traerlos preparados de casa y ensayados durante muchas horas ante el espejo. Es una cuestión de calidad, aunque en su caso tampoco sean escasos en cantidad los ejemplos. Podríamos traer a la palestra alguno, pero todos tenemos internet mientras los apagones nos respeten. Y tampoco es cuestión de señalar con el dedo en una columna que solo quiere pasar por amena, sin provocar incomodidades ni obligar a torcer el gesto a ningún lector. A la gobernante Montero, a la que sus próximos llaman, sobre todo desde que es candidata por Andalucía, Marisú, también la hemos visto desplegando, además, disparatadas escenografías que sin una instrucción previa eran poco menos que imposibles, como la gesticulación de plañidera romana en aquellos momentos de tribulación de Pedro Sánchez. No dejó de haber quien se asustó sinceramente, aunque no vertiera lágrimas de sangre. Porque no domina solo la oratoria, sino también las artes escénicas. Como además vocaliza bien, ya tiene más tablas que muchos actores y actrices españoles, a los que no se les entienden ni los silencios cuando interpretan a mudos.
Descartamos la improvisación de tontunas porque consideramos a Marisú, como a su clónica Esther Muñoz, mucho más inteligente de lo que se empeña en mostrar en algunas de sus comparecencias públicas. Y porque uno, además, no se barbariza de la noche a la mañana. Si los británicos sostienen que la educación de un caballero comienza cien años antes de su nacimiento, una necia tan absoluta como a veces aparenta ser tendría que haber comenzado su adiestramiento también hace un siglo, y no, no es posible que la necedad sea tan previsora y precavida. Sólo cabe una conclusión: más que el poeta, como dijo Pessoa, el político es un fingidor. «Finge tan completamente, que hasta finge que es dolor el dolor que de verdad siente», afirmaba el portugués.
