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La vuelta del asombro

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01.04.2026

Creado: 01.04.2026 | 06:00

Actualizado: 01.04.2026 | 06:00

Crecer es abandonar para siempre esa sed de prodigios que agranda los ojos infantiles, ir dejando en el camino de la vida la piel de los milagros con que venimos al mundo. Perdemos nuestra epidermis de leche y nos encortezamos frente a la realidad con esa visión racional y algo triste de los adultos. Y con esa coraza puesta vivimos la mayor parte de nuestra existencia. Ajenos a las maravillas que aquella generosa mirada nos proporcionaba sin pedir nada a cambio, con la que íbamos descubriendo magia y portentos a cada paso, enlazando asombros, capaces de contemplar, como decía el poeta William Blake, en un grano de arena el universo. Aunque sea en potencia, esa capacidad dormida en nuestro interior sigue ahí, presta a despertarse si alguien o algo toca la tecla adecuada. Uno cree que la poesía es uno de esos abracadabras. Como la música, la magia y la literatura, es una de las llaves capaces de abrir el candado de la indiferencia, la cerrazón con la que nos protegemos de la vida corriente y más o menos adocenada con que nos vemos obligados a lidiar.

Pero el asombro nunca cansa. Y la primavera es millonaria en asombros que reverdecen solos, flores que brotan en los ojos, aguas que corren con la insensata libertad y el bullicio de los niños. Ahí fuera está ocurriendo otra vez el prodigio cotidiano del eterno retorno de lo mejor nuestro y de la naturaleza, como si se hubieran acordado para ello. En el campo transido de trinos emigrantes se levantan nidos nuevos y sobre el asfalto de las ciudades retoña en el aire tibio el hechizo de promesas que acuden fieles al reclamo del sol que templa el corazón.

Imposible desatender tantas señales, aunque para ello debamos desprendernos de la corteza de nuestra gravedad cotidiana, esa máscara con la que vamos por los días invernales de la vida, y volver a nuestro ser niños que creen en encantamientos y se dejan seducir por el columpio de unas trenzas o una mariquita que pasea entre los dedos. Baudelaire pensaba que el genio era la infancia recuperada a voluntad. Seguramente se refería a esa sed y a esa mirada que siempre alientan la primavera del mundo y la primavera de los hombres. Una por fuera, y la otra por dentro, resucitando esperanzas y convocándonos a la alegría con irrecusables repiques de campanas.


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